BIOGRAFÍA   DE   JOSÉ   HIERRO

 

José Hierro nace el 3 de abril de 1922 en Madrid, en la calle Andrés Borrego, nº 18-20, actualmente nº 16. Sus padres eran Joaquín Hierro, empleado de telégrafos y madrileño de origen, y Esperanza Real, natural de Santander. Tiene una hermana, Isabel.

 

A los dos años se traslada toda la familia a Santander por cambio de destino del padre.

 

Entre 1928 y 1936 realiza los estudios primarios en el Colegio de los Salesianos. Luego pasa a la Escuela de Industrias, donde, en contra de la voluntad familiar, estudia peritaje eléctrico-mecánico, estudios que no termina por causa de la guerra.

 

En 1932 lee El alcázar de las perlas, de Francisco Villaespesa, que según sus palabras, le influirá inconscientemente en el uso del eneasílabo romanceado de sus primeros libros. Por esos años, lee también Peter Pan, que luego será recordado en “Canción de cuna para dormir a un preso”, de Tierra sin nosotros.

 

En 1934 recibe un premio de cuento infantil en el Ateneo de Santander. Lee a Gabriel Miró, cuya influencia inconsciente reconocerá en algunos versos del poema “Una tarde cualquiera”, de Quinta del 42.

 

En 1935 lee Versos humanos de Gerardo Diego. En ese año lee también a Juan Ramón Jiménez.

 

En 1936 conoce a José Luis Hidalgo, de quien será amigo hasta la muerte de éste. A principios de este año lee la primera Antología que sobre la Generación del 27 había preparado Gerardo Diego; ello supone, según sus propias palabras, “una puesta al día en las corrientes más modernas de la poesía”. Lee a Dostoievsky y la Historia de dos ciudades, de Dickens, cuyo personaje Sidney Carton le influirá a la hora de escribir sus tres novelas inéditas. Comienza a leer a los clásicos españoles, sintiendo una especial predilección por Lope de Vega y la poesía de tipo tradicional.

 

 

Entre 1936 y 1937 aparecen publicados sus primeros poemas en un periódico de Gijón y en el Romancero General de la guerra de España.

 

Vive el periodo de la guerra (1936-1939) en Santander con su familia.

 

En 1937 Joaquín Hierro es encarcelado hasta 1941. En otoño, José Luis Hidalgo y José Hierro visitan en Santander a Gerardo Diego y le entregan una selección de poemas de ambos.

 

Entre 1936 y 1938 lee en francés a los principales poetas simbolistas y postsimbolistas (Baudelaire, Mallarmé y Valéry), haciendo de Las flores del mal uno de sus libros de cabecera.

 

En septiembre de 1939 ingresa en prisión, acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos, y recorre las cárceles de Santander, Comendadoras (Madrid), Palencia, de nuevo Santander, Porlier y Torrijos (Toledo), Segovia y Alcalá de Henares. Es procesado dos veces y, finalmente, se le condena a doce años y un día de reclusión, pero abandona la cárcel en enero de 1944.

 

En 1942 nace en Valencia, a partir de una tertulia que se celebra en el Bar Galicia, animada por Ricardo Blasco, Jorge Campos y Pedro Caba, la revista Corcel, en la que muy pronto empezará a colaborar José Luis Hidalgo, que entonces vivía allí.

 

En enero de 1944, José Hierro sale de la prisión de Alcalá de Henares. Aparece en abril de este año el primer número de la revista Proel. En julio, José Luis Hidalgo y José Hierro se encuentran en el Paseo de Pereda de Santander con Julio Maruri y Carlos Salomón. Hierro les lee los primeros poemas de Tierra sin nosotros: “Mili de Castro” y “Luna de agosto”. Después de pasar el verano en Santander, José Hierro se traslada a Valencia, donde Hidalgo le asegura tener para él un trabajo que realmente no existe. Hierro empieza a escribir los poemas de Tierra sin nosotros (el primero de los cuales fue “Mili de Castro”), libro que concluirá en 1946. El 27 de marzo fallece su padre, Joaquín Hierro.

 

En el periodo comprendido entre 1944 y 1946 reside en Valencia junto a José Luis Hidalgo y Jorge Campos. Allí se incorpora, con Ricardo Zamorano y Francisco Ribes, entre otros, a la revista Corcel, dirigida por Ricardo Blasco.

 

En septiembre de 1945, Proel publica el nº XVIII, Homenaje a Quevedo. Tras diversos viajes entre Valencia y Santander, José Luis Hidalgo se instala el 16 de diciembre definitivamente en la capital del Turia. A lo largo de este año aparecen diversos poemas de Tierra sin nosotros en las revistas Garcilaso, Corcel y Proel.

 

En la primavera de 1946 se inicia la segunda época de Proel, en la que participará muy activamente, que terminará, con la revista, en 1950. José Luis Hidalgo enferma de una infección pulmonar y es trasladado y visitado con frecuencia por Hierro en Madrid. Comienzan a escribirse los poemas de Alegría, libro que se concluirá en los comienzos de 1947.

 

El 3 de febrero de 1947 muere José Luis Hidalgo en Madrid. Se publica Tierra sin nosotros (Ed. Proel. Santander) y Alegría recibe el Premio “Adonais”; el jurado del premio estaba compuesto por Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, José Luis Cano, Gerardo Diego y Enrique Azcoaga. A finales de año, Hierro envía parte de un nuevo libro, titulado Con las piedras, con el viento..., al matrimonio formado por Francisco Ribes y Josefina Escolano (María de Gracia Ifach); en la primavera de 1948, lo tiene ya concluido, pero, cuando lo va a enviar a la imprenta, en 1950, se da cuenta de que lo ha perdido y vuelve a redactarlo “de un tirón”, con la ayuda del manuscrito conservado por el matrimonio Ribes.

 

Durante el periodo 1947-1952 vive y trabaja en Santander, colaborando en la revista Proel junto a Ricardo Gullón, a quien conoce a su vuelta a tal ciudad. Desempeña en estos años diversos trabajos: listero en unos talleres metalúrgicos, redactor jefe de las revistas de la Cámara de Comercio de Santander y de la Cámara Agraria, titulada esta última Tierras del Norte.

 

En 1949 en el nº 5 (“Primavera y Estío”) de Proel aparece el artículo de Eugenio Frutos titulado “El humanismo y la moral de Juan Pablo Sartre”, que contiene “El existencialismo es un humanismo” del filósofo francés. También en ese año tiene lugar el matrimonio de José Hierro con María de los Ángeles Torres, natural de Santander.

Se publica El viento sur, tirada especial de cien ejemplares (Hnos. Bedia. Santander) y nace su hijo Juan Ramón.

 

Un año después se publica Con las piedras, con el viento... (Ed. Proel. Santander).

 

En 1951 Roger Noël-Mayer traduce al francés una breve antología de poemas de José Hierro, prologados por Manuel Arce, con el título de Poèmes (Pierre Seghers. París).

En este mismo año nace su hija Margarita.

 

En 1952 Francisco Ribes le incluye en la Antología consultada de la joven poesía española (Dist. Marés. Valencia). Comienza a trabajar en Editora Nacional y se traslada definitivamente a Madrid, donde vive desde entonces. En Editora Nacional trabaja primero como oficinista, luego como encargado de ediciones, diseñando las cubiertas de los libros y corrigiendo las pruebas de edición. Posteriormente trabaja como promotor en España del Reader´s Digest y en la revista Dunia, hasta que ésta se traslada a Barcelona. Trabaja en Radio Nacional hasta 1987, año en que se jubila.

 

En 1953 se publica Quinta del 42 (Editora Nacional. Madrid) y nace su hija Marián.

 

En 1954 se publica Antología poética (Pablo Beltrán de Heredia. Santander; 2ª edición, Cantalapiedra. Torrelavega, 1954).

 

En 1955 se publica Estatuas yacentes (Colección “Clásicos de todos los años”. Santander).

 

En 1957 se publica el libro Cuanto sé de mí (Ágora. Madrid), que recibe el premio de la Crítica y el Premio March. Se publica el volumen recopilatorio de los dos primeros libros de Hierro, precedidos de un prólogo del autor, titulado Poesía del momento (Afrodisio Aguado. Madrid). Comienza a escribir los poemas de Libro de las alucinaciones, que se concluirán en 1963.

 

En 1960 se publica, con prólogo del autor, la antología Poesías escogidas (Losada. Buenos Aires). Es incluido en la antología Cuatro poetas de hoy: José Luis Hidalgo, Gabriel Celaya, Blas de Otero y José Hierro, de María de Gracia Ifach (Taurus. Madrid).

Nace su hijo Joaquín.

 

Dos años después se publica la primera edición de sus Poesías completas (1944-1962) (Giner. Madrid). Es incluido en la antología Veinte años de poesía española (1939-1959), de José Mª Castellet (Seix Barral. Barcelona).

 

En 1964 se publica Libro de las alucinaciones (Editora Nacional, Madrid), que obtiene el Premio de la Crítica de ese año. Una segunda edición de este libro, a cargo de Dionisio Cañas, verá la luz en 1986 en la colección “Letras Hispánicas” de la editorial Cátedra.

 

En 1965 es incluido en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía social (Alfaguara. Madrid), elaborada por Leopoldo de Luis.

 

En los inicios de los setenta José Hierro dirige una tertulia poética en el Ateneo, que, por problemas políticos, acaba siendo censurada y tiene que trasladarse a la librería Abril, en la calle Arenal. La tertulia de la librería Abril, dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y José Hierro, se inaugura con una lectura de poemas por parte de Vicente Aleixandre.

 

En 1974 se publica la segunda edición de la poesía completa de José Hierro, incluyendo los libros hasta entonces publicados, con el título de Cuanto sé de mi (Seix Barral, Barcelona).

 

En 1975 comienza a elaborar los primeros poemas de un libro que llevará por título Agenda.

 

En 1978 acompañando al artículo de Aurora de Albornoz “Aproximación a la obra poética de José Hierro (1947-1977)”, aparecen publicados los primeros poemas de Agenda, con el título de “Compasivamente en la noche” en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 341 (nov. 1978); págs. 291-296.

 

En 1980 Aurora de Albornoz publica una extensa Antología de la obra de José Hierro (Visor. Madrid). Hay una 2ª edición en 1985.

 

 

En 1981 recibe el premio “Príncipe de Asturias”.

 

En 1982 Aurora de Albornoz publica, en la colección “Los poetas” de la Editorial Júcar, una antología precedida de un extenso prólogo, con el título de José Hierro (Ed. Júcar. Madrid-Gijón).

 

En 1986 se edita Libro de las alucinaciones en segunda edición en la editorial Cátedra con introducción y bibliografía de Dionisio Cañas. Premio Pablo Iglesias.

 

En 1987 José Hierro se jubila de su trabajo en Radio Nacional.

 

En 1990 se concluye la redacción del libro Agenda y se le concede el Premio Nacional de las Letras en su convocatoria de dicho año.

 

En 1991 se reedita Quinta del 42 en la Colección Literaria U.P. de San Sebastián de los Reyes.

 

En 1995 se le concede el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Es nombrado Doctor Honoris Causa por la UIMP de Santander. El 23 de julio fallece su madre Esperanza Real Gómez.

 

En 1998 concluye la redacción del libro Cuaderno de Nueva York y se publica en la colección de Poesía Hiperión. Se le concede el Premio Cervantes.

 

En 1999 se editan los sonetos completos en la Colección literaria U.P. de San Sebastián de los Reyes.

Se le concede el Premio de la Crítica 1998.

Es elegido académico de la Real Academia de la lengua.

Premio Nacional de Poesía por Cuaderno de Nueva York.

Premio Francisco de Quevedo.

Premio Aristeion.

 

En el 2000 se le concede el premio Miguel Hernández.

 

En el 2002 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Turín.

 

Fallece el 21 de diciembre del 2002 en Madrid.

 


 

 

Análisis  de  su  obra

 

            Sus primeros versos aparecen en distintas publicaciones del frente republicano. Acabada la contienda, padece cuatro años de cárcel, y esta experiencia lo marca indeleblemente. De ahí que, al reaparecer en el panorama lírico de los años cuarenta, con dos libros casi simultáneos, lo haga urgido por un amargo poso autobiográfico que dota a su poesía de una madurez poco frecuente en jóvenes poetas. Se titula el primero Tierra sin nosotros (1947), marbete que nos proporciona las desoladas claves donde arraiga, no ya sólo este libro, sino buena parte de la producción surgida de la guerra: la patria un día habitable aparece en ruinas.

 

            El libro siguiente, Alegría (1947) (Premio Adonais), continúa la reflexión de Tierra sin nosotros.

 

            Con las piedras, con el viento (1950), es el testimonio de una experiencia amorosa abocada, también, al fracaso.

 

            Con Quinta del 42 (1953) comienza la exploración de la vía solidaria, nunca ajena a Hierro, pero, hasta ahora, sostenida en penumbra; no es, sin embargo, la suya una poesía social al uso, y esta diferencia desencadena, con anticipación de años, los mecanismos superadores de un realismo que por entonces amordazaba a la poesía española.

 

            Antirrealista es, en efecto, Cuanto sé de mí (1957), libro que acentúa la preocupación verbal, reivindica ámbitos imaginativos y se aleja de la historia y del tiempo para acceder a la «sonora gruta del enigma».

 

            Estos elementos culminan en el Libro de las alucinaciones (1964). Marcado por una poderosa veta irracionalista que se canaliza con frecuencia en el versículo, este poemario rompe definitivamente con las categorías espacio-temporales.

 

            En 1974 publicará una nueva edición de Cuanto sé de mí; en 1991, un nuevo libro de poemas titulado Agenda; en 1995 Emblemas neurorradiológicos y a finales de los 90 Cuaderno de Nueva York.

 

            Su poesía es poderosamente evocativa y ahonda en una intimidad erosionada por un tiempo implacable. Se percibe la influencia de Gerardo Diego. Se inició con una temática reivindicativa testimonial, la memoria de un niño de la guerra, si bien no es un poeta social al uso; poco a poco fue haciéndose más colectiva y existencial.

 

            Poseía la curiosa superstición de no poder escribir nunca en su propia casa; era normal verlo en la cafetería de Avenida Ciudad de Barcelona, en Madrid; en ella y en otros cafés escribió toda su obra. Era sin embargo un trabajador lento y minucioso: algunos de sus poemas tardaron años en encontrar la forma definitiva. También se dedicó al dibujo ocasionalmente.


 

Reseñas

 

 

 

Rogers, D. M.: «El tiempo en la poesía de J. Hierro» en Archivum, nos 1-2 (nov. de 1961), pp. 201-230;

 

Jiménez, J.O.: «La poesía de J. Hierro» , en Cinco poetas del tiempo (Madrid, 1972), pp. 177-326;

 

Villar, A. del «El vitalismo alucinado de J. Hierro», en Arbor, nº 349 (enero de 1975), pp. 67-80;

 

Peña, P. J. de la : Individuo y colectividad: el caso de J. Hierro (Valencia, 1978);

 

Albornoz, A. de : José Hierro (Madrid. 1981);

 

González, J.M.: Poesía española de posguerra: Celaya, Otero, Hierro (1950-1960) (Madrid, 1982);

 

Torre, E. E. de: José Hierro: poeta de testimonio (Madrid, 1983);

 

García de la Concha, V.: «Un poeta del tiempo histórico: J. Hierro» , en La poesía española de 1935 a 1975 (Madrid, 1987), tomo II, pp. 632-660;

 

Corona Marzol, G.: Bibliografía de José Hierro (Zaragoza, 1988) y Realidad vital y realidad poética (Poesía y poética de J. Hierro) (Zaragoza, 1991);

 

V.V. A.A.: A José Hierro. Encuentros. Domingo Nicolás (Ed.) Instituto de Estudios Almerienses. (Almería, 1999);

 

V.V. A.A.: Espacio Hierro. Medio siglo de creación poética de José Hierro. Juan Antonio González Fuentes y Lorenzo Olivan (Eds.) Universidad de Cantabria. (Santander, 2001)

 

Vierna, Fernando de: «La leyenda del almendro» en Exordio, nº 2. (Santander, 2003)

 


 

O  B  R  A

 

 

Tierra sin nosotros (1946)

 

Alegría (1947)

 

Con las piedras, con el viento... (1950)

 

Quinta del 42 (1952)

 

Antología poética (1953)

 

Estatuas yacentes (1955)

 

Cuanto sé de mí (1957)

 

Poesías completas: 1944-1962 (1962)

 

Libro de Alucinaciones (1963)

 

Significado y verdad (1967)

 

Seis sonetos olvidados (1990)

 

Emblemas neuroradiológicos (1990)

 

Agenda (1991)

 

Prehistoria literaria.

 

Poemas de 1937 y 1938 (1991)

 

Cuadernos de Nueva York (1998)

 

 


 

 

 

   P O E M A S  

 

 

ALEGRÍA

 

LLEGUÉ POR EL DOLOR A LA ALEGRÍA.

Supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,

un misterioso sol amanecía.

 

Era alegría la mañana fría

y el viento loco y cálido que embiste.

( Alma que verdes primaveras viste

maravillosamente se rompía. )

 

Así la siento más. Al cielo apunto

y me responde cuando le pregunto

con dolor tras dolor para mi herida.

 

Y mientras se ilumina mi cabeza

ruego por el que he sido en la tristeza

a las divinidades de la vida.

 

De "Alegría" 1947

 

 

RESPUESTA

 

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.

Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.

Que tú me entendieras a mí sin palabras

como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,

hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú  no comprendes.

Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,

la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.

Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.

Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,

yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.

Criatura también de alegría quisiera que fueras,

criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

 

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas

y llorar en sus calles oscuras sintiéndote débil,

y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,

y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

 

Si ahora yo te dijera

que es tu vida esa roca en que rompe la ola,

la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,

aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,

aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

 

Si yo te dijera estas cosas, amigo,

¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,

qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?

Y ¿cómo saber si me entiendes?

¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?

¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?

¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,

poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

 

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

 

De "Alegría" 1947

 

 

SI SOÑARAS SIEMPRE, SI AMARAS

 

Si soñaras siempre, si amaras

olvidándote, abandonándote...

 

Pensaría por ti las cosas

dejando que me las soñases.

Con mi velar y tu soñar

el camino sería fácil.

Yo daría los nombres justos

a los sueños que deshojases.

Encontraría para ellos

la voz que los encadenase,

la forma exacta, la palabra

que los llena de claridades.

Me acercaría hasta ti como

si fueses una orilla madre.

Y qué descanso dar al alma

sombras que el alma apenas sabe.

Yo no diría de ti: era

blanca y hermosa y joven y ágil;

tenía bellos ojos tristes

abiertos sólo a realidades

Yo no diría de ti: es mi fresca

raíz que de los sueños nace,

la música de mis palabras,

el hondo canto inexplicable,

la prodigiosa primavera

que en las hojas recientes arde,

el corazón caliente que ama

olvidándose, abandonándose.

 

Tú lo sabrás un día. Entonces

será demasiado tarde.

 

De "Alegría" 1947

 

 

A CAE EL SOL

 

Perdóname. No volverá a ocurrir.

Ahora quisiera

meditar, recogerme, olvidar: ser

hoja de olvido y soledad.

Hubiera sido necesario el viento

que esparce las escamas del otoño

con rumor y color.

Hubiera sido necesario el viento.

 

Hablo con humildad,

con la desilusión, la gratitud

de quien vivió de la limosna de la vida.

Con la tristeza de quien busca

una pobre verdad en que apoyarse y descansar.

La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,

don gratuito, porque nada merecí.

 

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!

Buscada a golpes, en los seres,

hiriéndolos e hiriéndome;

hurgada en las palabras;

cavada en lo profundo de los hechos

-mínimos, gigantescos, qué más da:

después de todo, nadie sabe

qué es lo pequeño y qué lo enorme;

grande puede llamarse a una cereza

( "hoy se caen solas las cerezas",

me dijeron un día, y yo sé por qué fue ),

pequeño puede ser un monte,

el universo y el amor.

 

Se me había olvidado algo

que había sucedido.

Algo de lo que yo me arrepentía

o, tal vez, me jactaba.

Algo que debió ser de otra manera.

Algo que era importante

porque pertenecía a mi vida: era mi vida.

(Perdóname si considero importante mi vida:

es todo lo que tengo, lo que tuve;

hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido

a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,

colgado en el vacío,

sin esperanza.)

 

Pero se me ha borrado

la historia (la nostalgia)

y no tengo proyectos

para mañana, ni siquiera creo

que exista ese mañana (la esperanza).

Ando por el presente

y no vivo el presente

(la plenitud en el dolor y la alegría).

Parezco un desterrado

que ha olvidado hasta el nombre de su patria,

su situación precisa, los caminos

que conducen a ella.

Perdóname que necesite

averiguar su sitio exacto.

 

Y cuando sepa dónde la perdí,

quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale

tanto como la vida para mí, que es su sentido.

Y entonces, triste, pero firme,

perdóname, te ofreceré una vida

ya sin demonio ni alucinaciones.

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 

 

ORILLAS DEL EAST RIVER

 

 

I

En esta encrucijada,

flagelada por vientos de dos ríos

que despeinan la calle y la avenida,

pisoteada su negrura por gaviotas de luz,

descienden las palabras a mi mano,

picotean los granos de rocío,

buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

 

Siempre aspiré a que mis palabras,

las que llevo al papel,

continuasen llorando

-de pena, de felicidad, de desesperanza,

al fin, todo es lo mismo-,

porque yo las había llorado antes;

antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,

en el papel deshabitado, que es el morir.

Dejarían en él los ecos asordados, empañados,

de lo que tuvo vida.

Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,

lloraría por seres que jamás conoció,

que acaso no es posible que existieran

aunque estuvieron vivos

en el recuerdo o en la imaginación.

Lloraríamos todos por los desconocidos,

los -para mí -difuminados

en la magia del tiempo.

 

Contra las estructuras

de metal y de vidrio nocturno

rebotan las palabras aún sin forma,

consagradas en el torbellino helado,

y no me hacen llorar.

Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!

 

II

Yo ya no lloro,

excepto por aquello que algún día

me hizo llorar:

los aviones que proclamaban

que todo había terminado;

la estación amarilla diluida en la noche

en la que coincidían, tan sólo unos instantes,

el tren que partía hacia el norte

y el que partía hacia el oeste

y jamás volverían a encontrarse;

y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;

y la malagueña canaria;

y la niña mendiga de Lisboa

que me pidió un «besiño».

 

Yo ya no lloro.

Ni siquiera cuando recuerdo

lo que aún me queda por llorar.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

ACELERANDO

 

Aquí, en este momento, termina todo,

se detiene la vida. Han florecido luces amarillas

a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa

cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.

Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia

en la noche, jadeando en la hierba,

trayendo en hilos aroma de las nubes,

poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.

Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro

porque eran miles de kilómetros

los que nos separaban de las olas,

y lo peor, miles de días pasados y futuros nos separaban.

Descendían en la sombra las escaleras.

Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hora

-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.»

Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó

vestida de otro modo, con flores en el pelo.

Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy.» Bajamos

las gradas del altar. El armonio sonaba.

Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.

Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido

tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.

Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.

«¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?», preguntábamos

al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía

con su poco de sombra con estrellas,

su agua de luces navegantes,

sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios

una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.

Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme

lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,

y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor

gris que giraba en torno vertiginosa.

Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.

Los niños -quiénes son, que hace un instante

no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:

«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije

con ira y pena. Silencio. Yo besé

la frente de ella, los ojos con arrugas

cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,

en qué lugar del universo se halla? «Has sido duro

con los niños.» Abrí la habitación de los pequeños,

volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.

Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon

los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,

con sus noches de estrellas, con sus mares azules,

con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar

bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,

dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido,

este disco que gira y gira en el silencio,

consumida su música...

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 


ALEGRÍA INTERIOR

 

En mí la siento aunque se esconde.

Moja mis oscuros caminos interiores.

Quién sabe cuántos mágicos rumores

sobre el sombrío corazón deshoja.

 

A veces alza en mí su luna roja

o me reclina sobre extrañas flores.

Dicen que ha muerto, que de sus verdores

el árbol de mi vida se despoja.

 

Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,

en el oculto reino en que se esconde,

la espiga de su mano verdadera.

 

Dirán que he muerto, y yo no muero.¿Cómo

podría ser así, decidme, dónde

podría ella reinar si yo muriera?

 

De "Alegría" 1947

 

 

ALMA DORMIDA

 

Me tendí sobre la hierba entre los troncos

que hoja a hoja desnudaban su belleza.

Dejé el alma que soñase:

volvería a despertar en primavera.

 

Nuevamente nace el mundo, nuevamente

naces, alma (estabas muerta).

Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:

tú dormías, esperando ser eterna.

 

Y por mucho que te cante la alta música

de las nubes, y por mucho que te quieran

explicar las criaturas por qué evocan

aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

 

hacer tuya tanta vida derramada

(era vida, y tú dormías), ya no llegas

a alcanzar la plenitud de su alegría:

tú dormías cuando todo estaba en vela.

 

Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...

(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

 

De "Agenda" 1991

 

 


AMANECER

 

Imagínate tú...

Imagínatelo tú por un momento.

 

La estrella aún flotaba en las aguas.

Río abajo, a la noche del mar, la llevó la corriente.

Y de pronto la mágica música errante en la sombra

se apagó, sin dolor, en el fresco silencio silvestre.

 

Imagínate tú, piensa sólo un instante,

piensa sólo un instante que el alma comienza a caerse.

(Las hojas, el canto del agua que sólo tú escuchas:

maravilloso silencio que pone en las tuyas su mano evidente.)

 

Piensa sólo un instante que has roto los diques y flotas sin tiempo en la noche,

que eres carne de sombra, recuerdo de sombra; que sombra tan sólo te envuelve.

Piensa conmigo «¡tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo,

antes que todo se desvaneciese!»

 

Imagínate tú que hace siglos que has muerto.

No te preguntan las cosas, si pasas, quién eres.

Procura un instante pensar que tus brazos no pesan.

Son nada más que dos cañas, dos gotas de lluvia, dos humos calientes.

 

(¡Tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo!)

Y cuando creas que todo ante ti perfecciona su muerte,

abre los ojos:

El trágico hachero saltaba los montes,

llevaba una antorcha en la mano, incendiaba los bosques  nacientes.

El río volvía a mojar las orillas que dan a tu vida.

El prodigio era tuyo y te hacías así vencedor de la muerte.

 

De "Agenda" 1991

 

 

APAGAMOS LAS MANOS...

 

Apagamos las manos. Dejamos encima del mar marchitarse la luna

y nos pusimos a andar por la tierra cumplida de sombra.

Ahora ya es tarde. Las albas vendrán a ofrecernos sus húmedas flores.

Ciegos iremos. Callados iremos, mirando algo nuestro que escapa

hacia su patria remota.

(Nuestro espíritu debe de ser, que cabalga

sobre las olas.)

 

Ahora ya es tarde. Apagamos las manos felices

y nos ponemos a andar por la tierra cumplida de sombra.

Hemos caído en un pozo que ahoga los sueños.

Hemos sentido la boca glacial de la muerte tocar nuestra boca.

 

Antes, entonces, con qué gozo ardiente,

con qué prodigioso encenderse de aurora

modelamos en nieblas efímeras, en pasto de brisas ligeras,

nuestra cálida hora.

Y cómo apretamos las ubres calientes. Y cómo era hermoso

pensar que no había ni ayer, ni mañana, ni historia.

 

Ahora ya es tarde; apagamos las manos felices

y nos ponemos a andar por la tierra cumplida de sombra.

Cómo errar por los años, como astros gemelos, sin fuego,

como astros sin luz que se ignoran.

Cómo andar, sin nostalgia, el camino, soñando dos sueños distintos

mientras en torno el amor se desploma.

 

Ahora ya es tarde. Sabemos. Pensamos. (Buscábamos almas.)

Ahora sabemos que el alma no es piedra ni flor que se toca.

Como astros gemelos y ajenos pasamos, sabiendo

que el alma se niega si el cuerpo se niega.

Que nunca se logra si el cuerpo se logra.

 

Dejamos encima del mar marchitarse la luna.

Cómo errar, por los años, sin gloria.

Cómo aceptar que las almas son vagos ensueños

que en sueños tan sólo se dan, y despiertos se borran.

Qué consuelo ha de haber, si lograr una gota de un alma

es pretender apresar el latir de la tierra, desnuda y redonda.

 

Estamos despiertos. Sabemos. Como astros soberbios, caídos,

sentimos la boca glacial de la muerte tocar nuestra boca.

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 

ASÍ ERA

 

Canta, me dices. Y yo canto.

¿Cómo callar? Mi boca es tuya.

Rompo contento mis amarras,

dejo que el mundo se me funda.

Sueña, me dices. Y yo sueño.

¡Ojalá no soñara nunca!

No recordarte, no mirarte,

no nadar por aguas profundas,

no saltar los puentes del tiempo

hacia un pasado que me abruma,

no desgarrar ya más mi carne

por los zarzales, en tu busca.

 

Canta, me dices. Yo te canto

a ti, dormida, fresca y única,

con tus ciudades en racimos,

como palomas sucias,

como gaviotas perezosas

que hacen sus nidos en la lluvia,

con nuestros cuerpos que a ti vuelven

como a una madre verde y húmeda.

 

Eras de vientos y de otoños,

eras de agrio sabor a frutas,

eras de playas y de nieblas,

de mar reposando en la bruma,

de campos y albas ciudades,

con un gran corazón de música.

 

De "Alegría" 1947

 

 

CANCIÓN DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO

 

La gaviota sobre el pinar.

(La mar resuena.)

Se acerca el sueño. Dormirás,

soñarás, aunque no lo quieras.

La gaviota sobre el pinar

goteado todo de estrellas.

 

Duerme. Ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

No hay más que sombra. Arriba, luna.

Peter Pan por las alamedas.

Sobre ciervos de lomo verde

la niña ciega.

Ya tú eres hombre, ya te duermes,

mi amigo, ea...

 

Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo

sobre la luna, y la degüella.

La mar está cerca de ti,

muerde tus piernas.

No es verdad que tú seas hombre;

eres un niño que no sueña.

No es verdad que tú hayas sufrido:

son cuentos tristes que te cuentan.

Duerme. La sombra toda es tuya,

mi amigo, ea...

 

Eres un niño que está serio.

Perdió la risa y no la encuentra.

Será que habrá caído al mar,

la habrá comido una ballena.

Duerme, mi amigo, que te acunen

campanillas y panderetas,

flautas de caña de son vago

amanecidas en la niebla.

 

No es verdad que te pese el alma.

El alma es aire y humo y seda.

La noche es vasta. Tiene espacios

para volar por donde quieras,

para llegar al alba y ver

las aguas frías que despiertan,

las rocas grises, como el casco

que tú llevabas a la guerra.

La noche es amplia, duerme, amigo,

mi amigo, ea...

 

La noche es bella, está desnuda,

no tiene límites ni rejas.

No es verdad que tú hayas sufrido,

son cuentos tristes que te cuentan.

Tú eres un niño que está triste,

eres un niño que no sueña.

Y la gaviota está esperando

para venir cuando te duermas.

Duerme, ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

Duerme, mi amigo...

Ya se duerme

mi amigo, ea...

 

De "Tierra sin nosotr0s" 1947

 

 

COMO LA ROSA: NUNCA

 

Como la rosa: nunca

te empañe un pensamiento.

No es para ti la vida

que te nace de dentro.

Hermosura que tenga

su ayer en su momento.

Que en sólo tu apariencia

se guarde tu secreto.

Pasados no te brinden

su inquietante misterio.

Recuerdos no te nublen

el cristal de tus sueños.

 

Cómo puede ser bella

flor que tiene recuerdos.

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 


COPLILLA DESPUÉS DEL 5º BOURBON

 

Pensaba que sólo habría

sombra, silencio, vacío.

Y murió. Estaba en lo cierto.

El mismo Dios se lo dijo.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

CON LAS PIEDRAS, CON EL VIENTO

 

Con las piedras, con el viento

hablo de mi reino.

 

Mi reino vivirá mientras

estén verdes mis recuerdos.

Cómo se pueden venir

nuestras murallas al suelo.

Cómo se puede no hablar

de todo aquello.

El viento no escucha. No

escuchan las piedras, pero

hay que hablar, comunicar,

con las piedras, con el viento.

 

Hay que no sentirse solo.

Compañía presta el eco.

El atormentado grita

su amargura en el desierto.

Hay que desendemoniarse,

liberarse de su peso.

Quien no responde, parece

que nos entiende,

con las piedras, con el viento.

 

Se exprime así el alma. Así

se libra de su veneno.

Descansa, comunicando

con las piedras, con el viento.

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 

CORAZÓN QUE TE HIEREN

 

Corazón que te hieren

con una rama verde.

 

Llegó a mi lado. Era

el momento más fuerte

que el recuerdo. Es hoy todo

inolvidable. El verde

de los álamos es

vida. Los cielos tienen

azul de amor sereno

que aún ignora la muerte.

 

Llega a mi lado. Trae

una rama. (Parece

la verde primavera

que entre sus manos duerme.)

Oh, qué felicidad.

Las brisas, cómo mecen.

Ella saca a las flores

de su encanto silvestre.

Ella toca de gracia

el áspero presente.

 

Llega a mi lado. Trae

una rama. (Se mueve

irreal: su elemento

es la música. Viene

quebrando los silencios

maravillosamente. )

 

Entre sus manos es

la rama una serpiente

de luz, un río frágil,

bandera transparente

que pone en este ensueño

su alegría evidente.

(Por la rama comprendo

que estamos vivos. Este

instante no es un sueño

que pasa y no nos mueve.)

Es un látigo frágil,

una llama en que beben

nuestros ojos.

 

¿Por qué

la ceñiste a mis sienes 40

como si fuera el único

dios a quien perteneces?

¡Por qué te he preguntado

si ceñiste otras sienes!

 

Corazón, te han herido

con una rama verde.

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 


CUMBRE

 

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,

de piedra y música te tengo;

no como entonces, cuando a cada instante

te levantabas de mi sueño.

 

Ahora puedo tocar tus lomas tiernas,

el verde fresco de tus aguas.

Ahora estamos, de nuevo, frente a frente

como dos viejos camaradas.

 

Nueva canción con nuevos instrumentos.

Cantas, me duermes y me acunas.

Haces eternidad de mi pasado.

Y luego el tiempo se desnuda.

 

¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera

tanta pasión acumulada!

Y ver perderse nuestra antigua imagen

arrebatada por el agua.

 

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,

de piedra y música te tengo.

Señor, Señor, Señor: todo lo mismo.

Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 

 

DESALIENTO

 

«No quiero que pienses», dices

Tú sabes que sólo en ello

puedo pensar. Pasarán

los días, las noches. Tiempos

vendrán sin nosotros. soles

brillarán en cielos nuevos.

Ecos de campana harán

más misterioso el silencio.

(«No quiero que pienses».)

Yo seguiré pensando en ello.

 

Quisiera hablarte de hermosas

fábulas, de pensamientos

luminosos, de jornadas

soñadas, de flores, vientos,

caricias, ternuras, gracias,

secretos;

pero en la boca me nacen

palabras de fuego.

Como llamas silenciosas

me abrasan por dentro.

 

Debiera decirte «amor»,

«fantasía», «sueño».

 

Yo sólo pregunto cómo

fue posible aquello.

Seguiría, paso a paso,

la huella de tu andar. Dentro

de tu vida escondería

la vida que muero.

 

«No quiero que pienses». Yo

digo que no pienso en ello.

(Cómo podría olvidarlo

sin haberme muerto.)

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 

DESPEDIDA DEL MAR

 

Por más que intente al despedirme

guardarte entero en mi recinto

de soledad, por más que quiera

beber tus ojos infinitos,

tus largas tardes plateadas,

tu vasto gesto, gris y frío,

sé que al volver a tus orillas

nos sentiremos muy distintos.

Nunca jamás volveré a verte

con estos ojos que hoy te miro.

 

Este perfume de manzanas,

¿de dónde viene? ¡Oh sueño mío,

mar mío! ¡Fúndeme, despójame

de mi carne, de mi vestido

mortal! ¡Olvídame en la arena,

y sea yo también un hijo

más, un caudal de agua serena

que vuelve a ti, a su salino

nacimiento, a vivir tu vida

como el más triste de los ríos!

 

Ramos frescos de espuma... Barcas

soñolientas y vagas... Niños

rebañando la miel poniente

del sol... ¡Qué nuevo y fresco y limpio

el mundo...! Nace cada día

del mar, recorre los caminos

que rodean mi alma, y corre

a esconderse bajo el sombrío,

lúgubre aceite de la noche;

vuelve a su origen y principio.

 

¡Y que ahora tenga que dejarte

para emprender otro camino!...

 

Por más que intente al despedirme

llevar tu imagen, mar, conmigo;

por más que quiera traspasarte,

fijarte, exacto, en mis sentidos;

por más que busque tus cadenas

para negarme a mi destino,

yo sé que pronto estará rota

tu malla gris de tenues hilos.

Nunca jamás volveré a verte

con estos ojos que hoy te miro.

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 

 

DESTINO ALEGRE

 

Nos han abandonado en medio del camino.

Entre la luz íbamos ciegos.

Somos aves de paso, nubes altas de estío,

vagabundos eternos.

Mala gente que pasa cantando por los campos.

Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,

cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo

que comprenda la viva razón del canto nuestro.

 

Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.

Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.

Su hondo grito nos pide que muramos un poco,

como murieron todos ellos,

que vivamos deprisa, quemando locamente

la vida que ellos no vivieron.

 

Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,

(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)

Mordemos las orillas, derribamos los puentes.

Dicen que vamos ciegos.

 

Pero vivimos. Llevan nuestras ,aguas la esencia

de las muertes y vidas de vivos y de muertos.

Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta

que hemos nacido para esto.

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 


 

DOS FÁBULAS PARA TIEMPOS SOMBRÍOS

 

Segunda fábula (El amor)

 

1. Génesis

 

En el principio era el amor.

Cuando el alba buscaba un dueño.

Cuando todas las criaturas

llevaban sus cuerpos desiertos.

 

En el principio era el amor.

En todo tenía su reino.

La noche entera era el latido

de tan hondo enamoramiento.

 

El amor y las almas, juntos

fueron creando el Universo.

Las almas fueron su metal.

El amor su mágico fuego.

 

En el principio era el amor.

Los cuerpos estaban desiertos,

y cada cuerpo buscó un alma

que lo tuviera prisionero.

 

Para el cuerpo, recién nacido

de la noche, todo fue nuevo.

Ignoró, por no entristecerse,

que el alma tenía recuerdos.

 

En el principio era el amor.

 

2. Sin saberlo

 

Alguna vez, un alma halló

el alma que la completaba.

Cuando los cuerpos se tuvieron,

olvidaron que había alma.

 

No llegaron a lo que dura,

y gozaron de lo que pasa.

Luego se fueron, dividieron

el caudal de su única agua.

 

3. Segundo amor

 

En el principio era el amor.

Sin el amor nada existía.

El alma que una vez amó,

nunca jamás se apagaría.

 

Volver a amar era intentar

tornar al punto de partida,

apresar humo, tocar cielos,

poseer la luz infinita.

 

Volver a amar era querer

revivir las flores marchitas.

Era escuchar la voz del alma

que llamaba al alma perdida.

 

Volver a amar era llorar

por la dicha desvanecida.

Era encontrar con quien partir

el pan y el vino de otros días.

 

Pero -de sobra lo sabemos-

sólo una vez se ama en la vida.

Volver a amar, es evocar

el amor que colmó la dicha.

 

Es, sin querer, hacer sufrir.

Sentir la rueda detenida.

Que si el espejo sufre, es porque

la vieja imagen está viva.

 

En el principio era el amor.

 

De "Con las piedras, con el viento" 1950

 

 

EL BUEN MOMENTO

 

Aquel momento que flota

nos toca de su misterio.

Tendremos siempre el presente

roto por aquel momento.

 

Toca la vida sus palmas

y tañe sus instrumentos.

Acaso encienda su música

sólo para que olvidemos.

 

Pero hay cosas que no mueren

y otras que nunca vivieron

y las hay que llenan todo

nuestro universo.

 

Y no es posible librarse

de su recuerdo.

 

De "Alegría" 1947


EL ENEMIGO

 

Nos mira. Nos está acechando. Dentro

de ti, dentro de mí, nos mira. Clama

sin voz, a pleno corazón. Su llama

se ha encarnizado en nuestro oscuro centro.

 

Vive en nosotros. Quiere herirnos. Entro

dentro de ti. Aúlla, ruge, brama.

Huyo, y su negra sombra se derrama,

noche total que sale a nuestro encuentro.

 

Y crece sin parar. Nos arrebata

como a escamas de octubre el viento. Mata

más que el olvido. Abrasa con carbones

inextinguibles. Deja devastados

días de sueños. Malaventurados

los que le abrimos nuestros corazones.

 

De "Cuanto sé de mí" 1957

 

 

EL HÉROE

 

Oí latir el corazón del mar

unido al de otras músicas -el vals, la polka, el tango,

el chárleston,  el pasodoble,  la rumba,  el twist,  el mádison-,

lo eterno y la que pasa, mano a mano.

La vida. El mar. Y las ciudades: hermosa Viena,

desasosegadora Nueva York,

pasando por París y por Madrid.

Músicas muertas en los tocadiscos

de los muchachos, como antaño en pianolas y organillos.

Música viva, como un mar que transcurre para los soñadores

-Bach, Schumann, Brahms o Debussy-;

señales de otras músicas futuras, de otras vidas,

de otros tiempos -Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de Pablo-,

viejos probablemente cuando leáis estas palabras

viejas también, que ahora arrojo al olvido.

 

Entonces lo vi allí, al héroe, indiferente,

con su uniforme de guardarropía,

anacrónico. El pecho cubierto de medallas y de nobles cintajos,

maravillas de seda y cobre.

Vi al héroe, descansando sobre el banco de piedra.

 

Los jóvenes que pasan, navegan por la música.

Otros, ya con arrugas, oyen el canto de las olas.

Yo sólo, aquí, entre ellos, el más viejo de todos,

oigo música y mar al mismo tiempo. Es la armonía

de quien nació y ha muerto muchas veces.

No es frecuente que sea así, pero sucede, como ahora:

de súbito se encienden mar y música;

estallan tiempo, espacio, fuera y dentro;

giran deslumbradores vida de ayer y sangre fresca:

es como un huracán irresistible.

 

Es como un fuego. Yo iba andando

con la felicidad de adentro

y la felicidad de afuera,

suma de aquella humanidad entre la que pasaba.

Y vi al hombre: «Qué harás aquí -le dije-,

descorazonadora criatura,

carcomiendo la plenitud. Qué se habrá muerto

dentro de ti».

Y yo, que oía

todos los sones, sólo oí el silencio, su silencio,

el silencio del héroe,

sordo al mar, a la música, a sus recuerdos y proyectos.

 

Nueve décimas partes de su vida

debieron de pasar sin acercarse al mar,

sin sospechar siquiera qué paciencia salada,

qué artesanía de olas y de días

son necesarias para producirse

el prodigio de un árbol de coral,

la fantasía helicoidal de un caracol.

Era un héroe deshabitado, sin corona de roble

que le ciña de días gloriosos.

 

Despojad un instante a esta palabra

-héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad

las iconografías consabidas:

Grecia y piedra rosada, cara al mar,

héroes ecuestres del Renacimiento...

Era otra cosa el hombre que yo vi.

Nació en alguna aldea del interior de España-

La piel endurecida, impasibles los ojos

que nada vieron nunca si no fue la llanura

circundada de encinas, donde nació y vivió.

 

(Donde vivió esperando

su tren de muerte, como yo ahora espero,

mientras nerviosamente escribo estos recuerdos,

al tren que ha de llegar a Medina del Campo

casi al amanecer. Estos sucesos

ocurrieron lejos de aquí, y en mí vivían

solicitando forma, para no ser pura nostalgia.

Sólo esta noche pude hallarles la palabra.)

 

Allí vivió veinte años. Un día, le hizo hombre

la guerra: le dio fe, lejanías y llamas.

Llegó hasta el mar; el mar le hizo sentirse libre;

mojó en el mar su cuerpo,

conquistó tierras, hizo prisioneros,

bebió vino de muerte, sintió tristeza y sintió ira;

tal vez fuera marcado por la metralla. Estuvo vivo

como nunca lo estuvo ni volvería a estarlo.

Dio razón y entusiasmo a su vida:

se la jugó con alegría a una carta tapada.

Luego, volvió a su pueblo a ensartar días y cosechas,

a dorar con melancolías

su estatua coronada de olas.

 

Y he aquí que al cabo de los años

llega otra vez junto al mar luminoso.

Donde dejó entusiasmo, vida y fe,

ha encontrado el silencio,

el mismo de las eras de su aldea,

mas ya sin esperanza.

Ha desfilado entre banderas, entre cánticos;

resucitaron las palabras en la garganta joven;

ha bebido el vino de antaño

y paseado su embriaguez gloriosa.

Desde las doce a la una y media

ha durado el desfile de estos supervivientes,

nostálgicos representantes

de un drama, escrito hace quién sabe cuántos años.

Después de la comida y los discursos

cayó el telón. Y oyó el silencio de los espectadores.

Y el silencio del mar. Y el de su vida.

Dijeron: «A las nueve al autobús;

hay que llegar temprano a casa.»

Oyó el silencio de su vida.

Desconocido entre desconocidos,

anduvo por las calles, sin rumbo. Se sentó

enfrente de las olas. Volvió el naipe

y no había figura pintada en él. Y oyó el silencio.

 

¿Comprendéis? El nordeste cesa al atardecer.

Ya ni siquiera hace temblar la ropa de este hombre.

No le deja en la mano el aroma del arma

con que mató a la muerte hace ya tiempo.

Van los muchachos por su lado, destruyen

la muerte con la música, como ayer con la pólvora.

Destruyen con la música la vida.

Con la música crean un inmenso silencio.

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 

 


EL MUERTO

 

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría

no podrá morir nunca.

 

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.

Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,

muchos siglos de olvido y de sombra constante,

muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido

a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.

Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,

será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,

desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,

por el curvo volar de los gorriones,

por las flores doradas y blancas de esencias frutales.

(Yo una vez hice un ramo con ellas.

Puede ser que después arrojara las flores al agua,

puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,

que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,

que a mi madre llevara las flores:

yo quería poner primavera en sus manos.)

 

¡Será ya primavera allá arriba!

Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría

no podré morir nunca.

Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino

no podré morir nunca.

Morirán los que nunca jamás sorprendieron

aquel vago pasar de la loca alegría.

Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos

no podré morir nunca.

 

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

 

De "Alegría" 1947

 

 

INAUGURACIÓN DE MONUMENTO

 

A Vicente Aleixandre

 

Los hombres graves desaparecieron

después de haber clavado al mediodía

su bastón de solemnidad.

 

Quedó sola la estatua. y quedó el niño

a su sombra, riendo. Era evidente s

como la hoja verde; inexplicable

también como la hoja verde.

 

¿Qué hacía el niño aquel? ¿Quién era? ¿Cómo

vino hasta allí? y ¿por qué? Súbitamente

el niño desapareció.

Y no como los hombres de antes, esos

del canto llano del discurso.

 

No: como un ángel o una melodía;

así fue: como el viento o el amor.

 

La estatua aquella señalaba

hacia el lugar justo del hombre,

el que rompía sus cadenas, lágrima

a lágrima. Y su exvoto era la propia

estatua, cincelada verso a verso,

imán para el recuerdo, testimonio

liberador, inmortalizador.

Allí, donde indicaba el brazo. Allí

estaría el poeta, el hombre, oculto,

acechando su gloria, imaginando

lo por venir. Detrás de los arriates

estaría su vida clara,

sin peso. Entré...

 

Allí estaba

el niño. Y comprendí.

 

 

INTERIOR

 

Tu piel me devolvía

algo remoto. (¿Es esto

un poema de amor?

¿Es un canto de duelo

o de esperanza? Un himno

triunfal o una nostalgia

acariciada sobre

la realidad?)

No había

nadie, sino nosotros.

(Los demás no existían.)

Una botella, un libro,

un cenicero. Ahora

la vida es de cristal,

de metal, de papel.

Ahora es la botella

más bella que una flor.

El cenicero tiene

el sonámbulo brillo

de las olas. El libro

es una roca... (¿Es esto

un poema de amor?)

En una habitación

en penumbra, entre el humo

que nos aleja... (¿Es esto

un Poema de amor?)

...sin hablar...(nada está

dicho aún...).

Olvidaba

otra cosa: la música

frutal, el corazón

errante de los siglos,

suena para nosotros.

 

Toqué tu frente como

si me fuera a morir

un instante después.

Igual que si me anclases

a la verdad. (¿Es esto

un poema de amor?

¿Fuimos sus criatura

melancólicas...?)

 

Libro,

botella, cenicero.

(No flor, ni ola, ni rocas.)

He llamado a las cosas

por su nombre, aunque el nombre

rompa el hechizo. Quiero

todo aquello que ha sido

el instante, su carne

y su alma (no sólo

su alma), lo que el tiempo

roe (no lo que el tiempo

purifica).

 

Al contacto

de tu frente, los días

volaban desprendidos

de la copa. Pensé

que los días... ¿Amor

es eso que devuelve

el tiempo huido? ¿Eras

entonces el amor?

¿Me estoy cantando a mí,

recobrado y perdido?

¿Al amor, al que duerme

bajo tu piel, la pobre

criatura del cielo

destinada a morir

sin haber conocido

sus imposibles padres.

 

De "Cuanto sé de mí" 1957-1959

 

 


LA IMPASIBLE MARÍA CON ERRES, ELES Y ESES

 

Para Tacha

 

Una esfinge pigmea. Se diría

que no está aquí: no ve, ni oye, ni huele.

Esta no es una Marta que currele,

sino María de la fantasía.

 

Susurra. Hormiga china, todavía

no distingue la erre de la ele.

Posiblemente un día se rebele

su Marta agazapada en su María.

 

Entonces, cara y cruz por siempre unidas,

sin eses de costuras descocidas,

Martamaría cantará su dúo.

 

Pero mientras no ocurra tal encuentro

es un búho que mira desde dentro

de un búho que está dentro de otro búho.

 

El abuelo Pepe

 

De "Divertimentos. Poemas Humorísticos y varios"

 

 

LA MANO ES LA QUE RECUERDA

 

La mano es la que recuerda

Viaja a través de los años,

desemboca en el presente

siempre recordando.

 

Apunta, nerviosamente,

lo que vivía olvidado.

la mano de la memoria,

siempre rescatándolo.

 

Las fantasmales imágenes

se irán solidificando,

irán diciendo quién eran,

por qué regresaron.

 

Por qué eran carne de sueño,

puro material nostálgico.

La mano va rescatándolas

de su limbo mágico.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 


LA SOMBRA

 

¿Todo en Él es presente:

el futuro, el pasado?

Lo que será y ha sido

¿es actual en sus manos?

¿A un tiempo toca

la semilla y el árbol?

¿En el brote ve el tronco

talado y abrasado?

Nos contempla y ¿tan solo

puede llorar, llorarnos?

¿Nos tiene ya en su gloria?

¿Nos tiene condenados?

¿Ve en nuestros pobres huesos

el alba y el ocaso?

¿No puede detenernos

ni puede apresurarnos?

¿Llora por lo que tiene

que pasar (y ha pasado)?

¿Llora por lo que ha sido

(por lo que aún no ha llegado)?

¿Nos arranca del tiempo

para que no suframos

nosotros, sus heridas

criaturas, esclavos

sombríos? ¿Nos ve ciegos

y no puede guiarnos?

 

De "Cuanto sé de mí" 1957-1959

 

 

LAS NUBES

 

Inútilmente interrogas.

Tus ojos miran al cielo.

Buscas detrás de las nubes,

huellas que se llevó el viento.

 

Buscas las manos calientes,

los rostros de los que fueron,

el círculo donde yerran

tocando sus instrumentos.

 

Nubes que eran ritmo, canto

sin final y sin comienzo,

campanas de espumas pálidas

volteando su secreto,

 

palmas de mármol, criaturas

girando al compás del tiempo,

imitándole la vida

su perpetuo movimiento.

 

Inútilmente interrogas

desde tus párpados ciegos.

¿Qué haces mirando a las nubes,

José Hierro?

 

De "Cuanto sé de mí" 1957-1959

 

 

LEAR KING EN LOS CLAUSTROS

 

Di que me amas. Di: «te amo»,

dímelo por primera y por última vez.

Sólo: «te amo». No me digas cuánto.

Son suficientes esas dos palabras.

«Más que a mi salvación», dijo Regania.

«Más que a la primavera», dijo Gonerila.

(No sospechaba que mentían.)

Di que me amas. Di: «te amo»,

Cordelia, aunque me mientas,

aunque no sepas que te mientes.

 

Todo se ha diluido ya en el sueño.

La nave en que pasé la mar,

fustigada por los relámpagos,

era un sueño del que aún no he despertado.

Vivo brezado por un sueño,

inerme en su viscosa telaraña,

para toda la eternidad,

si es que la eternidad no es un sueño también.

 

La tempestad me arrebató al Bufón,

al pícaro azotado, deslenguado, insolente,

que era mi compañero, era yo mismo,

reflejo mío en los espejos

cóncavos y convexos, que inventó Valle-Inclán.

 

Los brazos de las olas me estrellaron

contra el acantilado y un buen día,

ya no recuerdo cuándo, desperté

y hallé sobre la arena

piedras labradas con primor,

sillares corroídos, lamidos y arañados

por los dientes y garras de las algas.

Entonces, desatado del sueño,

comencé a rehacer el mundo mío,

que se desperezaba bajo un sol diferente.

 

Y aquí está, al fin, delante de mis ojos.

Oigo como jadea

con la disnea del agonizante, del sobremuriente.

Espera a que tú llegues

y me digas «te amo».

Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:

grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,

índigos de Castilla.

Sólo tú eres capaz de devolverles

la transparencia, la luminosidad

y la palpitación que los hacían únicos.

Aquí están aguardándote.

Quiero oírte decir, Cordelia, «te amo».

Son las mismas palabras que salieron

de labios de Regania y Gonerila,

no de su corazón. Más tarde

se deshicieron de mis caballeros,

hijos del huracán, bravucones, borrachos,

lascivos, pendencieros... Regresaron

al silencio y a la nada.

La niebla disolvió sus armaduras,

sus yelmos, sus escudos cincelados,

aquel hervor y desvarío

de águilas, quimeras, unicornios,

efigies, delfines, grifos.

¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

 

Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca.

Mi eternidad por sólo dos palabras:

susúrralas o cántalas sobre un fondo real,

-agua de manantial sobre los guijos,

saetas que desgarran con su zumbido el aire-

así la realidad hará que sean reales

las palabras que nunca pronunciaste

-¡por qué nunca las pronunciaste!-

y que ultrasuenan en un punto

del tiempo y del espacio

del que tengo que rescatarlas

antes de que me vaya.

Ven a decirme «te amo»;

no me importa que duren tus palabras

lo que la humedad de una lágrima

sobre una seda ajada.

 

En esa paz reconstruida

-sé que es tan sólo un decorado-, represento

mi papel, es decir, finjo,

porque ya he despertado.

Ya no confundo el canto de la alondra

con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote

contando días y horas y estaciones.

Y cuando llegues, anunciada

por el sonido de las trompas

de mis fantasmales cazadores,

sé que me reconocerás

por mi corona de oro (a la que han arrancado

sus gemas las urracas ladronas),

por la escudilla de madera que me legó el bufón

en la que robles y arces depositan

su limosna encendida, su diezmo volandero,

el parpadeo del otoño.

 

Ven pronto, el plazo ya está a punto

de cumplirse. Y no me traigas flores

como si hubiese muerto.

Ven antes de que me hunda

en el torbellino del sueño,

ven a decirme «te amo» y desvanécete en seguida.

 

Desaparece antes de que te vea

nadando en un licor trémulo y turbio,

como a través de un vidrio esmerilado,

antes de que te diga:

«Yo sé que te he querido mucho,

pero no recuerdo quién eres».

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

LLEGADA AL MAR

 

Cuando salí de ti, a mí mismo

me prometí que volvería.

Y he vuelto. Quiebro con mis piernas

tu serena cristalería.

Es como ahondar en los principios,

como embriagarse con la vida,

como sentir crecer muy hondo

un árbol de hojas amarillas

y enloquecer con el sabor

de sus frutas más encendidas.

Como sentirse con las manos

en flor, palpando la alegría.

Como escuchar el grave acorde

de la resaca y de la brisa.

 

Cuando salí de ti, a mí mismo

me prometí que volvería.

Era en otoño, y en otoño

llego, otra vez, a tus orillas.

( De entre tus ondas el otoño

nace más bello cada día. )

 

Y ahora que yo pensaba en ti

constantemente, que creía...

 

( Las montañas que te rodean

tienen hogueras encendidas.)

 

Y ahora que yo quería hablarte,

saturarme de tu alegría...

 

( Eres un pájaro de niebla

que picotea mis mejillas. )

 

Y ahora que yo quería darte

toda mi sangre, que quería...

 

(Qué bello, mar, morir en ti

cuando no pueda con mi vida.)

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 

 

LOPE. LA NOCHE. MARTA

 

He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido

(afuera deja sus constelaciones).

«Buenas noches, Noche».

Pasa las páginas de sombra

en las que todo está ya escrito.

Viene a pedirme cuentas.

 

«Salí al rayar el alba -digo-.

Lamía el sol las paredes leprosas.

Olía a vino, a miel, a jara»

(Deslumbrada por tanta claridad

ha entornado los ojos).

La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:

oye la plata de las campanadas.

Ante la puerta de la iglesia

me callo, me detengo -entraría conmigo

si yo no me callase, si no me detuviera-;

yo sé bien lo que quiere la Noche;

lo de todas las noches;

si no, por qué habría venido.

 

Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba

no dije Agnus Dei qui tollis peccata mundi,

sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios

que quita mis pecados del mundo).

La Noche no podría comprenderlo,

y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

 

No me pregunta nada la Noche,

no me pregunta nada. Ella lo sabe todo

antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.

Ella ha oído esos versos

que se escupen de boca en boca, versos

de un malaleche del Andalucía

-al que otro malaleche de solar montañés

llamara «capellán del rey de bastos»-

en los que se hace mofa de mí y de Marta,

amor mío, resumen de todos mis amores:

Dicho me han por una carta

que es tu cómica persona

sobre los manteles, mona

y entre las sábanas, Marta.

qué sabrá ese tahúr, ese amargado

lo que es amor.

La Noche trae entre los pliegues de su toga

un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.

Una música hilada en la vihuela

del maestro del danzar, nuestro vecino.

En la cocina la estará escuchando Marta;

danzará, mientras barre el suelo que no ve,

manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,

de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.

Danza y barre Marta.

 

Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana, Noche.

Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,

saldré después a decir misa

-Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea-

luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,

escribiré unas hojas

de la comedia que encargaron unos representantes.

Que las cosas no marchan bien en el teatro,

y uno no puede dormirse en los laureles.

 

Hasta mañana, Noche.

Tengo que dar la cena a Marta,

asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),

cuidar que no alborote mis papeles,

que no apuñale las paredes con mis plumas

-mis bien cortadas plumas-,

tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»

(no sabe que el pecado es de los dos),

y dirá luego: «Lope, quiero morirme»

(y qué sucedería si yo muriese antes que ella).

Ego te absolvo.

 

Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,

aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,

de lugares vividos y soñados: de lo que fue

y que no fue y que pudo ser mi vida.

 

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.

 

De "Agenda" 1991

 


LUZ DE TARDE

 

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,

tornar a este instante.

Me da pena soñarme rompiendo mis alas

contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

 

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres

la apariencia tranquila del aire,

esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,

el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,

ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,

cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...

 

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.

Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,

poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,

aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.

 

De "Alegría" 1947

 

 

MADRIGAL

 

Lo más hermoso, aquello

que no puede comprarse,

que vale, frente a un copo de tu espuma,

si se sabe mirar,

frente a una pluma de tormenta, rota

sobre tu orilla, frente

a tus platas y azules,

metales y cristales,

si se los sabe oler, gustar, tocar, oír...

 

Qué vale nada lo que tú. Rebosa

la eternidad tu vaso,

llueve su vino sobre nuestra carne.

Una concha roída

por los gusanos de tu mar, un poco,

de cal, y bruma, y nácar,

pude hacernos llorar,

ensancha las fronteras

del alma, desmorona

los muros negros de la realidad.

Qué vale nada, todo,

lo que tú, playa mía,

lirio de arena, selva

de círculos de oro,

túnica ardiente, pálida campana,

palacio sumergido,

inolvidable...

De "Cuanto sé de mí" 1957-1959


MARINA IMPASIBLE

 

Por primera vez, o por última,

soy libre...

 

Arbustos con espuelas

de marfil. Rocas oxidadas.

El otoño pliega sus tonos

frente al crujido de las olas.

Por primera vez, o por última.

 

Las gaviotas tocan sus oboes

de tormenta. Unos dedos verdes

hunden la luna en luz marina,

la tienden al pie del silencio.

Se ha desnudado una mujer

y muestra sus luces mellizas;

al huir, dispersa su paso

luminosa arena de estrellas.

Por primera vez, o por última.

 

Tijeras de oro en el poniente.

Se enciende un violín ruiseñor

en el esqueleto del mar.

Garras de nubes estrangulan

el azul, y lo hacen gemir.

 

Ojos fijos en su tesoro,

presente inmóvil -sin recuerdos,

sin propósitos-, soy ahora.

todo está sometido a un orden

que yo no entiendo. Pero embarco

en la nave, y el marinero

me dirá su cantar, más tarde,

desde el éxtasis...

 

Por primera,

o por única vez, soy libre.

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 

 

NOCHE

 

Salió desnuda el alma

a quemarse en la hoguera.

¡Qué claras dan la sombra

las estrellas!

Se enredaba la noche

azul, entre las piernas.

Ocultas en los chopos

bailaban las doncellas.

¡Qué anunciación, qué víspera

de deshojar las nieblas

de dos en dos. Las brisas

de tres en tres!

Estrellas,

¡Qué claras dan la sombra

las estrellas!

 

De "Prehistoria literaria" 1936-1944

 

 

OTOÑO

 

Otoño de manos de oro.

Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.

Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.

Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.

 

Otoño, de manos de oro:

con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,

sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,

con el alba que moja su cielo en las flores del vino,

para dar alegría al que sabe que vive

de nuevo has venido.

Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,

en tu gran corazón encendido.

 

De "Quinta del 42" 1952

 

 

PARA UN ESTETA

 

Tú que hueles la flor de la bella palabra

acaso no comprendas las mías sin aroma.

Tú que buscas el agua transparente

no has de beber mis aguas rojas.

 

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso

nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda

ni cómo vida y muerte  -agua y fuego-  hermanadas

van socavando nuestra roca.

 

Perfección de la vida que nos talla y dispone

para la perfección de la muerte remota.

Y lo demás, palabras, palabras, y palabras,

¡ay, palabras maravillosas!

 

Tú que bebes el vino en la copa de plata

no sabes el camino de la fuente que brota

en la piedra. No sacias tu sed en agua pura

con tus dos manos como copa.

 

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.

Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.

Y olvidas las raíces ( «Mi Obra», dices ), olvidas

que vida y muerte son tu obra.

 

No has venido a la tierra a poner diques y orden

en el maravilloso desorden de las cosas.

Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas

sin alzar vallas a su gloria.

 

Nada te pertenece. todo es afluente, arroyo.

Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.

Y hechos un solo río os vertéis en el mar

«que es el morir», dicen las coplas.

 

No has venido a poner orden, dique. Has venido

a hacer moler la muela con tu agua transitoria.

Tu fin no está en ti mismo ( «Mi Obra», dices ), olvidas

que vida y muerte son tu obra.

 

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día

por la música de otras olas.

 

De "Quinta del 42" 1952

 

 

PASEO

 

Sin ternuras, que entre nosotros

sin ternuras nos entendemos.

Sin hablarnos, que las palabras

nos desaroman el secreto.

¡Tantas cosas nos hemos dicho

cuando no era posible vernos!

¡Tantas cosas vulgares, tantas

cosas prosaicas, tantos ecos

desvanecidos en los años,

en la oscura entraña del tiempo!

Son esas fábulas lejanas

en las que ahora no creemos.

 

Es octubre. Anochece. Un banco

solitario. Desde él te veo

eternamente joven, mientras

nosotros nos vamos muriendo.

Mil novecientos treinta y ocho.

La Magdalena. Soles. Sueños.

Mil novecientos treinta y nueve,

¡comenzar a vivir de nuevo!

Y luego ya toda la vida.

Y los años que no veremos.

 

Y esta gente que va a sus casas,

a sus trabajos, a sus sueños.

Y amigos nuestros muy queridos,

que no entrarán en el invierno.

Y todo ahogándonos, borrándonos.

Y todo hiriéndonos, rompiéndonos.

 

Así te he visto: sin ternuras,

que sin ellas nos entendemos.

Pensando en ti como no eres,

como tan solo yo te veo.

Intermedio prosaico para

soñar una tarde de invierno.

 

De "Quinta del 42" 1952

 

 

PECIOS DE SOMBRA

 

Hablaban con bocas de sombra,

susurraban sucesos mágicos,

historias de herrumbre y de musgo

(no sabían que estaban muertos,

y yo no quería apenarlos).

Fui reconstruyendo sonidos

que en el sueño significaban

para interpretarlos despierto

y atribuirlos a unos labios.

 

(Quería conocer el nombre

de quienes me hablaban en sueños:

la rosa no olería igual

si su nombre no .fuese rosa.)

Rescaté, lúcido y sonámbulo,

los vestigios que la marea

llevó a mi playa de despierto;

con ellos construiría un puente

desde el soñar hasta el velar:

así tendrían consistencia

las palabras impronunciables

que yo escuché cuando dormía,

fantasmal materia de sueño.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

PENSAMIENTO DE AMOR

 

Dejé un instante de pensarte. Había

sucedido algo en ti cuando volviste.

Venías más nostálgico, más triste,

seco tu sol que iluminó mi día.

 

Alguien -sé quién- que yo no conocía,

alguien que calza sueños de oro, y viste

almas dolientes, te pensó. Caíste

al pozo donde muere la alegría.

 

¿Por qué fuiste pensado, malherido,

pensamiento de amor?  ¿Cómo han podido

pasarte el corazón de parte a parte?

 

¿Por qué volviste a mí, sufriendo, a herirme?

¿No recuerdas que tengo que ser firme?

¿Es que no ves que tengo que matarte?

 

De "Cuanto sé de mí" 1957

 

 

 

 

PRELUDIO

 

DESPUÉS DE MILES, DE MILLONES DE AÑOS,

mucho después

de que los dinosaurios se extinguieran,

llegaba a este lugar.

Lo acompañaban otros como él,

erguidos como él

(como él, probablemente, algo encorvados).

 

A partir de onomatopeyas ,

de monosílabos, gruñidos,

desarrolló un sistema de secuencias sonoras.

Podría así memorizar sucesos del pasado,

articular sus adivinaciones,

pues el presente -él lo intuía- no comienza ni finaliza

en sí mismo, sino que es punto de intersección

entre lo sucedido y lo por suceder,

llama entre la madera y la ceniza.

 

Los sonidos domesticados decían

mucho más de lo que decían

(originaban círculos concéntricos

-como la piedra arrojada al agua-

que se multiplicaban, se expandían,

se atenuaban hasta regresar a la lisura y el sosiego):

y todos percibían su esencia misteriosa

que no sabían descifrar.

 

Con reverencia temerosa

escuchaban mensajes tan incomprensibles

como los de la llama, la ola, el trueno

(tal vez con la misma inquietud con que escuchamos al doctor

que diagnostica nuestro mal

utilizando tecnicismos nunca oídos,

de manera que no sabemos

si -impasible y profesional-

es nuestra muerte lo que anuncia

o es la vida).

 

Nadie comprendió entonces sus palabras.

Por eso andan, ahora, las palabras

pasando por los vientos,

ávidas de que alguno las recoja

siglos después de pronunciadas.

Y aquí están aguardando que alguno las escuche,

aquí en el lugar mismo en donde fueron pronunciadas,

aquí donde confluyen

Broadway y la Séptima Avenida.

Fue aquí donde él me vio,

donde narró la crónica

de este instante en que estoy evocándolo.

Aquí, entre anuncios luminosos,

en la ciudad de Nueva York.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

PRESTO

 

De todos los que vi (se sucedían

fatalmente), de todos los que vi,

todos aquellos que solicitaron

-de quienes yo solicité- ternura,

calor, ensueño, olvido o lágrimas...

De todos esos en los que viví,

 

por qué tenias que ser tú, retama

matinal, estival, voz derruida,

perro sin amo, espuma levantada

hacia las noches, agua de recuerdo,

gota de sombra, dedos que sostienen

un pétalo de sol... por qué tenías,

ciega, precisamente que ser tú...

 

De todos los que vi, por qué tenías

que ser tú, leño que sobrenadabas...

Por qué tenías que ser tú, muralla

de ceniza, madera del olvido...

 

Por qué tenías que ser tú, precisa-

mente tú, con el nombre diluido,

con los ojos borrados, con la boca

carcomida, lo mismo que una estatua

limada por los siglos y las lluvias...

De todos los que vi, desenterrados

de las mañanas y los cielos grises...

De todos, todos, todos, por qué habías

de ser tú sólo quien me entristeciese,

quien se me levantase, puño de ola,

me golpease el corazón, con esos

instantes sin nosotros, caracolas

duras, vacías, donde suena el mar

de otros planetas...

Modelada en sombra

y en olvido, tenias que ser tú,

melancolía, quien resucitase...

 

De "Quinta del 42" 1952

 

 

RAZONES

 

NO VIVES YA DE SINRAZONES.

¿Tan sola estabas, alma mía?

El alba nueva no traía,

para acunarte, sus canciones.

 

Llega la luz de otras regiones

sin la hermosura que solía.

Mala alegría es la alegría

que nos abrasa los corazones.

 

¿Dentro de ti la buscas? ¿Llevas

dentro de ti su llama? ¿Elevas

de tu noche su mediodía?

 

¿Has de matar todas las cosas?

¿Cortar, para olerlas, las rosas?

¿Tan sola estabas, alma mía?

 

De "Alegría" 1948

 

 

RECUERDO DEL MAR

 

¡Cómo te agitas bajo nubes grises,

lámina fina de metal de infancia!

¡Cómo tu rabia, corazón de niebla,

rompe la brida!

 

Cómo te miro con mis pobres ojos!

¡Qué imagen tuya la que inventa el sueño!

¡Qué lentamente te deshace el aire,

roto en pedazos!

 

Tú que guardabas en cristal salado

vivos retratos que ondulaba el viento;

tú que arrancabas en el alba fina

sones al alma,

 

tú que nutrías con tu amarga leche

sombras de playas, olvidados pasos,

ansia de ser sobre tu vientre verde,

locos piratas,

 

has ido ahogando temblorosamente

sombras que hundieron en tu paz sus ojos.

Hoy tu recuerdo, como lluvia fresca,

moja mi frente.

 

Si ahora volviera a recorrer tu orilla,

si ahora en tu cuerpo me volcara todo,

si ahora tu cuerpo le prestara al mío

frescos harapos,

 

si yo desnudo, si cansado, ahora,

más hijo tuyo, ahora, si el otoño

vuelto a mi lado me trajera el tibio

pan en el pico.

 

-lámina fina de metal de infancia-,

todo olvidado quedaría, todo:

látigos, cuerdas con que me azotabas,

vientos que mugen.

 

Todo sería nuevamente hermoso,

aunque tu garra me arañase el cuerpo,

aunque al tornar tuvieran tus mañanas

soles más negros.

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 

 

RECUERDOS

 

Aquello era hermoso. ¿ Te acuerdas de como las flores nacían?

¿De cómo traía el ocaso su rojo clavel en la boca?

¿De un hombre que todas las tardes tocaba el violín a la puerta?

¿Del soñar cotidiano que daba sus llamas al alma en la sombra?

 

¿Te acuerdas de aquello? Aquello era hermoso.

Yo no sé si tú vuelves conmigo y conmigo lo evocas.

¡Tan alegre pasar, desgarrando el eterno momento,

pisoteando, sin verlas, las rosas!

 

Hay un instante que todo lo puede, que salta los días

y vive presente en el cielo dorado de nuestra memoria.

 

¿Por qué no ha de ser ese instante

el que ya para siempre te colme las horas?

 

¿Te acuerdas de aquello? Aquello era hermoso.

Todas las cosas que son, son hermosas

aunque sepamos de fijo que acaban y mueren un día,

que pasan rozando las vidas y nunca retornan.

 

¿Te acuerdas de aquello?

La juventud nos cantaba, nos canta, su canto de gloria.

Aquello era hermoso: pasar sin pensar, y soñar sin llegar,

aceptar sin jamás preguntar por la mano que dio la limosna.

 

Y yo te pregunto. Y acaso esta brisa que mueve la hierba

me da tu respuesta, me dice la oscura palabra que nunca se nombra.

 

De "Alegría" 1947

 

 

SEGUNDO AMOR

 

No quiero que desgranes tu pasado en mis manos,

porque sólo el presente ofrece carne viva.

Sería, recordar, sentir dolores de otros

doliendo en nuestras vidas.

 

Serenidad. Se siente el otoño en el alma

caer, con la tristeza de su razón cumplida.

A qué mirar adentro, a la espalda, pensar

en la luz que declina.

 

Quisiera preguntarte; pero yo me someto.

Contengo la pregunta con la mano en la herida.

No quiero que desgranes tu pasado, que tornes

a lo que no se olvida.

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 

 

SERENIDAD

 

(Lectura de madrugada)

 

Serenidad, tú para el muerto,

que estoy vivo y pido lucha.

Otros habrá que te deseen:

ésos no saben lo que buscan.

Si se durmieran nuestras almas,

si las tuviéramos maduras

para mirar inconmovibles,

para aceptar sin amargura,

para no ver la vida en torno

apasionadamente nunca,

duros y fríos, como piedra

que sopla el viento y no la muda...

 

Almas claras. Ojos despiertos.

Oídos llenos de la música

del dolor. Los dedos felices,

aunque los hieran las agudas

espinas. Todo el sabor agrio

de la vida, en la lengua.

 

«Nunca

podrás mojar tu pie en el río

en que ayer lo mojaste. Busca

la eternidad, vive en la alta

contemplación de su figura.»

 

Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Serenidad que se nos vende

por librarnos de la tortura,

por llenarnos de sueño el alma

y rodeárnosla de bruma.

Serenidad, tú para el muerto.

El hombre es hombre, y no le asusta

saber que el viento que hoy le canta

no volverá a cantarle nunca.

Serenidad, no te me entregues

ni te des nunca,

aunque te pida de rodillas

que me liberes de mi angustia.

Será que vivo sin saberlo

o que deserto de la lucha.

Tú no me escuches, no me eleves

hasta tu cumbre de luz única.

 

Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Yo también me hago un poco libro,

me duermo el alma...

 

Luz difusa.

 

La madrugada se desgaja

agria y azul, como una fruta.

Cantan los pinos a lo lejos.

 

Un niño llora. Las desnudas

mujeres y hombres silenciosos

salen despacio de las últimas

sombras. Los pájaros me esperan.

Se alzan las olas. (Me preguntan

por qué.) Campanas... (Ayer niebla,

hoy claro sol y luego lluvia...)

¿Por qué? Las hojas se estremecen...

 

Voy inundándome de música.

 

De "Tierra sin nosotros" 1947

 

 

SÓLO MATERIA DE SOMBRAS

 

Sólo materia de sombras,

criaturas de la noche,

nubes espectrales, seres

dolorosamente informes,

 

visiones o pesadillas

llegadas no sé de dónde,

ráfagas resucitadas

que fueron mujeres y hombres,

 

que tuvieron carne y sueños

donde anidaban los soles

y ahora son sólo penumbra,

ríos de negros acordes,

 

tristezas desenterradas,

pesadillas o visiones,

llamando siempre a la puerta

de quienes no los conocen.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

SONETO

 

Para Paula

 

Es una rubia furia desatada,

gatea, sube y baja, embiste, grita.

Cléndula que araña, uñas de pita,

torito bravo, más: una manada.

 

Comedora de flores desmadrada,

Vesubio en miniatura. Es la rayita

que no cesa, pimienta y dinamita,

torbellinita desencadenada.

 

¿La imagináis durmiendo una muñeca?

La Bubu es domadora, es carateca,

pulgón y filoxera de la vida.

 

¡Ay madre mía, cuando tenga dientes!

Prepárense sus deudos y parientes.

(Y aún creen sus padres que esto es una niña!)

 

Güelu

 

De "Divertimentos. Poemas Humorísticos y varios"

 

 

TEORÍA Y ALUCINACIÓN DE DOUBLIN

 

I. Teoría

 

Un instante vacío

de acción puede poblarse solamente

de nostalgia o de vino.

Hay quien lo llena de palabras vivas,

de poesía (acción

de espectros, vino con remordimiento).

 

Cuando la vida se detiene,

se escribe lo pasado o lo imposible

para que los demás vivan aquello

que ya vivió (o que no vivió) el poeta.

Él no puede dar vino,

nostalgia a los demás: sólo palabras.

Si les pudiese dar acción...

 

La poesía es como el viento,

o como el fuego, o como el mar.

Hace vibrar árboles, ropas,

abrasa espigas, hojas secas,

acuna en su oleaje los objetos

que duermen en la playa.

La poesía es como el viento,

o como el fuego, o como el mar:

da apariencia de vida

a lo inmóvil, a lo paralizado.

Y el leño que arde,

las conchas que las olas traen o llevan,

el papel que arrebata el viento,

destellan una vida momentánea

entre dos inmovilidades.

 

Pero los que están vivos,

los henchidos de acción,

los palpitantes de nostalgia o vino,

esos... felices, bienaventurados,

porque no necesitan las palabras,

como el caballo corre, aunque no sople el viento,

y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,

y el hombre llora, y canta,

proyecta y edifica, aun sin el fuego.

 

II. Alucinación

 

Me acuerdo de los árboles de Dublín.

 

(Imaginar y recordar

se superponen y confunden;

pueblan, entrelazados, un instante

vacío con idéntica emoción.

Imaginar y recordar...)

 

Me acuerdo de los árboles de Dublín...

Alguien los vive y los recuerdo yo.

De los árboles caen hojas doradas

sobre el asfalto de Madrid.

Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,

acarician mis manos,

quisieran exprimirme el corazón.

No sé si lo consiguen...

 

Imaginar y recordar...

Hay un momento que no es mío,

no sé si en el pasado, en el futuro,

si en lo imposible... Y lo acaricio, lo hago

presente, ardiente, con la poesía.

 

No sé si lo recuerdo o lo imagino.

(Imaginar y recordar me llenan

el instante vacío.)

Me asomo a la ventana.

Fuera no es Dublín lo que veo,

sino Madrid. Y, dentro, un hombre

sin nostalgia, sin vino, sin acción,

golpeando la puerta.

 

Es un espectro

que persigue a otro espectro del pasado:

el espectro del viento, de la mar,

del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro

que pueda hacer que cante, hacer que vibre

su corazón, para sentirse vivo.

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 

 

VARIACIONES SOBRE EL INSTANTE ETERNO

 

Por qué te olvidas y por qué te alejas

del instante que hiere con su lanza.

Por qué te ciñes de desesperanza

si eres muy joven, y las cosas viejas.

 

Las orillas que cruzas las reflejas;

pero tu soledad de río avanza.

Bendita forma que en tus aguas danza

y que en olvido para siempre dejas.

 

Por qué vas ciego, rompes, quemas, pisas,

ignoras cielos, manos, piedras, risas.

Por qué imaginas que tu luz se apaga.

 

Por qué no apresas el dolor errante.

Por qué no perpetúas el instante

antes de que en tus manos se deshaga.

 

De "Alegría" 1947

 

 

VIDA

 

A Paula Romero

 

Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

 

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»

Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»

Ahora sé que la nada lo era todo.

y todo era ceniza de la nada.

 

No queda nada de lo que fue nada.

(Era ilusión lo que creía todo

y que, en definitiva, era la nada.)

 

Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

VILLANCICO EN CENTRAL PARK

 

Mañanicas floridas

del frío invierno

recordad a mi niño

que duerme al hilo.

Lope de Vega

 

Vistió la noche, copo a copo,

pluma a pluma,

lo que fue llama y oro,

cota de malla del guerrero otoño

y ahora es reino de la blancura.

¿Qué hago yo, profanando, pisando

tan fragilísimo plumaje?

Y arranco con mis manos

un puñado, un pichón de nieve,

y con amor, y con delicadeza y con ternura

lo acaricio, lo acuno, lo protejo.

Para que no llore de frío.

 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

 

 

YEPES COCKTAIL

 

Juan de la Cruz, dime si merecía

la pena descolgarte, por la noche,

de tu prisión al Tajo, ser herido

por las palabras y las disciplinas,

soportar corazones, bocas, ojos

rigurosos, beber la soledad...

 

-¡Otro whisky? ...

 

La pelirroja

-caderas anchas, ojos verdes-

ofrece ginebra a un amigo.

hombros y pechos le palpitan

en el reír. ¡Oh llama de amor viva,

que dulcemente hieres!...

 

Junto al embajador de China.

detrás de la cantante sueca,

del agregado militar

de Estados Unidos de América.

Juan de la Cruz bebe un licor

de luz de miel...

 

(Dime si merecía

la pena, Juan de Yepes, vadear

20 noches, llagas, olvidos, hielos, hierros,

adentrar en la nada el cuerpo, hacer

que de él nacieran las palabras vivas,

en silencio y tristeza, Juan de Yepes...

Amor, llama, palabras: poesía,

tiempo abolido... Di si merecía

la pena para esto...)

 

El aplaudido

autor con el puro del éxito,

la amiguita del productor

velando su pudor de nylon.

las mejillas que se aproximan

femeninamente: «Mi rouge

mancha, preciosa...» (Mancha amor

cuando en las bocas no hay amor.)

 

(Juan de la Cruz, dime si merecía

la pena padecer con fuego y sombra,

beber los zumos de la pesadumbre,

batir la carne contra el yunque, Juan

de Yepes, para esto... Vagabundo

por el amor, y huérfano de amor...)

 

De "Libro de las alucinaciones" 1964

 


ENTREVISTA

 

 

El legado poético de José Hierro

por  Miguel Ángel Muñoz

 

 

 

Hay poetas que, para desmenuzar y profundizar en su pasión por el mundo, necesitan la exaltación de la memoria, el espectador del paisaje y la tradición de la cultura. José Hierro (Madrid, España, 1922-2002), fue uno de estos escritores; él, que trasmitió con simplicidad lingüística, como pocos poetas de su generación, ese lenguaje mediterráneo que se resiste a muchos. No es el único escritor español que, en el siglo pasado, se nutrió del paisaje, que con tanta claridad se abandona en el mar, y más allá, a otras tierras. La obra de Hierro ocupa ya un lugar clave en la poesía de lengua española del último medio siglo. En 1947 aparece su primer libro, Tierra sin nosotros, y gana el Premio Adonáis de Poesía con Alegría. La aparición en 1964 del Libro de las alucinaciones, no sólo desdijo esa profecía, sino que abrió las esclusas de un tipo de escritura visionaria de escasas conexiones con el entorno. Su lenguaje, a partir de ese momento, es un continuo proceso de enriquecimiento lingüístico y densidad expresiva. Quizá el más claro ejemplo es su poemario Cuaderno de Nueva York (Editorial Hiperión, 1998), en el cual establece un diálogo múltiple con la ciudad: personajes, calles, héroes, pesadillas que se entrelazan en un mismo espacio y tiempo. Cuando se editó este libro, Hierro tenía setenta y seis años, que, según se dice, es una edad de claudicante retirado para comenzar nuevas aventuras. El tópico de que la poesía se acopla mejor con las exacerbaciones juveniles es detenido en la obra de poetas como t. s. Eliot, Juan Ramón Jiménez, Wallace Stevens, W. B. Yeats y, desde luego, en Hierro. Lo digo porque Cuaderno de Nueva York es, después del Libro de las alucinaciones, su mejor obra poética, pues ambas suponen una invención considerable a cuyos derroteros estéticos se ha plegado después en toda su poesía. José Hierro fue puente entre la primera generación de postguerra y la de los cincuenta, obtuvo todos los premios posibles en el mundo de las letras: el Premio Cervantes de Literatura–, el Nacional de Poesía en España, el de las Letras Españolas, el Reina Sofía de Poesía y el Príncipe de Asturias, entre muchos otros. Hierro dio su voz, y ahora, como mínimo homenaje, le doy la voz al poeta en este fragmento de entrevista, que es parte de las muchas que hicimos entre 1996 y 2002.

 

–¿Cómo dialogas con el lenguaje, de qué manera inventas formas y nos revelas un mundo mágico?

 

–Bueno, uno dialoga siempre con el lenguaje, lo crea y en momentos lo renueva. El poeta es obra y artificio de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo y social. La poesía es la búsqueda del conocimiento por la palabra; esto es, un acto o método de iluminación interior.

 

–En tu libro, Cuaderno de Nueva York –que tantos premios ha merecido– se hace la pregunta "quién soy, si soy, qué hago yo aquí"; en ese sentido ¿cuáles son los caminos poéticos de José Hierro?

 

–Camino siempre los mismos sitios. Nueva York es el fondo de ese libro que mencionas, pero no hay en él un descubrimiento o revelación, sino un pensamiento de país o de su cultura, y eso lo desarrolla. Hay una cosa estúpida que la gente siempre asocia y es el Poeta en Nueva York, de Lorca; pero lo mío es otra cosa muy diferente. Antes que Lorca lo hizo también Juan Ramón Jiménez. Pero bueno, esas son cosas que no importan. Mi cuaderno busca lo que es afín, nunca viajé tratando de encontrar lo exótico, sino lo próximo. La poesía ve más que el poeta, aunque el poeta trata de fundirse con la naturaleza, de llegar a la esencia de los elementos. La poesía se pierde en los límites del tiempo y del espacio. Ambos son la misma cosa, pero en momentos nunca se encuentran y ese acto enriquece la idea del poeta y de la poesía.

 

–¿Cuál es la meditación del lenguaje en tu obra?

 

–Lo principal es poner la palabra en su sitio. Pero, ¿cuál es su sitio?, un culo siempre tiene su definición, y no hay otra palabra que pueda sustituirla. El lenguaje es una labor de búsqueda, una unión de poeta y palabra que crea un puente entre instante y eternidad; siendo sin tiempo los dos, coinciden en un punto de llegada. Al igual que Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, la poesía es para mí lo que otros no pueden decir, que es una consecuencia expresiva de una realidad propia.

 

–¿Crees que la purificación del lenguaje perjudica o beneficia al acto poético?

 

–No creo mucho en la purificación del lenguaje como tal, sino en el enriquecimiento y precisión del mismo. Eso de purificar la lengua es una puñeta de los académicos y demás escritores que cuando escriben piensan que pulen nuestro idioma. El mestizaje es lo que nos enriquece, de lo contrario sería de una indolencia asquerosa. Cuando hablo de cierto desarrollo de mi poesía, me estoy refiriendo al enriquecimiento del lenguaje. Hablo de lo cotidiano. La palabra poética es abierta frente a otras, como podría ser la ciencia, que es muy cerrada en su sentido lingüístico. Si nombro la palabra estación, se convierte en un signo cotidiano cerrado. Pero cuando la llevo al poema no es así, se transforma totalmente, adquiere otro sentido, y es ahí cuando el lenguaje se abre, se pule, se convierte en algo colectivo. No hay palabras puras o impuras, todas son lo mismo: un lenguaje universal.

 

–Entonces, ¿la palabra es la búsqueda de otros significados?

 

–Desde luego, es una expresión de multiplicar nuestras ideas. Yo lo he aprendido porque me lo ha enseñado mi experiencia poética. Nunca me lo he propuesto como tal. Juan Ramón Jiménez es un gran poeta; llega lejos, descubre y transforma el lenguaje de su tiempo. Eso es un acto de admiración total. Por esos caminos tiene que transitar uno y experimentar la fusión con los signos o códigos poéticos, como dicen los críticos actuales.

 

–¿Se trata de recuperar la memoria en el instante preciso?

 

–Sí, y ello me lleva a una relación distinta con la poesía, plena en cierto sentido: las palabras serían la culminación de recuperar la memoria. Todo esto coincide con el cambio personal en mi escritura. Estos procesos hay que entenderlos dentro de un marco evolutivo en dos sentidos: espiritual y escritural. En ambos hay que guardar las distancias, pero también los dos son únicos y compartidos. Uno mismo observa cuando escribe y se pierde en recuperar lo perdido. Tal vez lo importante es darle corporeidad verbal al poema, que es un modo de darle fijación a los aires transitorios que te rodean y que te definen.

 

–En el discurso de aceptación del Premio Cervantes, hablabas de un mito sin padre, ¿cuál es el mito sin padre de El Quijote?

 

–La creación de El Quijote no entendió a su padre. Para Unamuno, siempre a contracorriente, provocador, Cervantes es una criatura de El Quijote. "Cada uno es hijo de sus obras", recordó alguna vez. Y al llegar a este punto creo que empiezo a comprender el papel que Azorín puede interpretar en esta disparatada comedia. Porque Azorín, buen lector por buen escritor, afirma que: "El Quijote no lo escribió Cervantes, sino la posteridad."

 

– Pero en el sistema estético de esta obra hay muchas resonancias poéticas que hacen accesible su visión del mundo al lector. ¿Crees que El Quijote tiene una fuerza de impregnación popular única?

 

–El sistema del poema, recordé antes, consiste en hacer accesible a la razón lo que, en su origen, es la música errante que ha de encadenarse al pentagrama, lo que le permitirá ser interpretada y, en consecuencia, hacerse audible para todos, aunque no sepan nada acerca de la música, así como podemos poner en marcha un coche sin conocer lo más elemental de mecánica. Eso mismo pasa con El Quijote. Sólo él ascendió a la categoría de mito, avanzando a tiendas, a golpes de digresión, buscando algo que no sé qué es, y que tal vez nunca sabré.

 

 


 

 

21 de diciembre de 2002

 

 

Muere  a los  80 años  el poeta  y  académico  José Hierro

 

 

El poeta, que padecía graves problemas respiratorios y cardiacos, ha fallecido "relajado y tranquilo", según su viuda.

21/12/2002

 

El poeta y académico de la lengua José Hierro Real ha fallecido hoy a las 14.30 horas a los 80 años de edad en el Hospital Carlos III de Madrid, según han informado fuentes familiares. Los restos mortales del literato han sido trasladados al Tanatorio Sur de Madrid y a las 14.30 de mañana serán incinerados en la intimidad familiar en el cementerio de La Almudena.

 

Según su viuda, Angelina Torres, el poeta ha muerto "muy relajado y tranquilo", aunque en los últimos días "parece presentía que se acercaba el final de su vida". Torres ha explicado que Hierro había ingresado en el citado hospital a las 15.30 del miércoles y que al hablar con sus amigos les comentaba que "esta vez iba en serio" y que "no iba a salir". "Son las cosas que Dios dispone y no hay que darle más vueltas", ha concluido la viuda, "hay cosas que la naturaleza humana no resiste más".

 

Hierro padecía graves problemas respiratorios y cardiacos, por los que fue ingresado de urgencia en varias ocasiones. En noviembre de 2000 el poeta estuvo gravísimo a causa de un infarto de miocardio y un enfisema pulmonar, que se agudizó, provocando nuevos ingresos, en octubre de 2001 y en el pasado mes de mayo. La muerte se ha producido finalmente por una insuficiencia respiratoria fatal.

 

La primera de dichas crisis, hace dos años, le impidió asistir a la feria de Guadalajar de México, donde se le rindió un homenaje. Su gran amigo el poeta mexicano Hugo Gutiérrez le llamó entonces para preocuparse por su salud y Hierro le dijo: "No sea usted imbécil, que estoy vivo. Y además me alegro de no ir a Guadalajara para no tener que aguantar sus pendejadas".

 

"Es el final y lo sé"

 

La salud de Hierro, desde entonces no había hecho más que empeorar. Hoy, en el tanatorio, Elsa López, de la Fundación Antonio Gala, recordaba que el pasado puente de la Constitución se encontró con el académico en un encuentro con jóvenes poetas en Córdoba. "No volveré a verte", le dijo entonces el poeta, "es el final y lo sé".

 

Pese a estos fúnebres presagios, Pepe, como quería que lo llamaran todos, no perdió en ningún momento el sentido del humor y, según su familia, anoche mismo estuvo "tranquilo y bromeando". La muerte le llegó cuando el poeta estaba acompañado de sus dos nietas, Paula y Pacha, quienes han destacado la calidad humana de su abuelo, por encima de sus virtudes poéticas. Hierro deja además cuatro hijos.

 

Puente entre la generación de posguerra y la de los 50, el poeta, madrileño de nacimiento y santanderino de corazón, era una de las figuras más sobresalientes de las letras españolas, y, aunque no era amigo de solemnidades y premios, acaparó todos los galardones. Entre otros, tenía el Reina Sofía (1995), el Cervantes 1998, el Nacional de Poesía (1953 y 1999), de las Letras (1990) y de la Crítica (1958 y 1965) o el Príncipe de Asturias de las Letas (1981).

 

 

Caballero de Otoño

 

Viene, se sienta entre nosotros,

y nadie sabe quién será,

ni por qué cuando dice nubes

nos llenamos de eternidad.

 

Nos habla con palabras graves

y se desprenden al hablar

de su cabeza secas hojas

que en el viento vienen y van.

 

Jugamos con su barba fría.

Nos deja frutos. Torna a andar

con pasos lentos y seguros

como si no tuviera edad.

 

Él se despide. ¡Adiós! Nosotros

sentimos ganas de llorar.

 

Poema del libro Tierra sin nosotros, publicado por primera vez en 1947 en Proel.

 

Antología poética