UNA HISTORIA DEL CUERPO
HUMANO

Francisco
GONZÁLEZ Cursi
Patólogo
retirado del Memorial Hospital de Chicago,
autor de
Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, Días de muertos
y Mors
repentina, el doctor mexicano Francisco González Crussí
es uno
de los ensayistas médicos más originales del mundo.
Este
texto es un recorrido por la historia del cuerpo humano
desde el
cuerpo como emblema del universo en
hasta el
cuerpo como mercancía en nuestros días.
Publicado
en “LETRAS LIBRES”
EMPEZARÉ
CON UN BREVE CUENTO DE UN AUTOR CHINO, LLAMADO
LIE - DZE.
Lie‑dze
fue uno de los tres grandes y célebres filósofos taoistas
(los otros dos, Chuang‑tze y Lao‑tze). De la vida de Lie‑dze
se sabe muy poco, pues vivió allá por el siglo ni o IV antes de la era
cristiana, y aparte de su obra no dejó más rastro personal. Dice así el cuento:
Un granjero pierde su hacha y sospecha
que el hijo de su vecino se la robó. Para descubrir el robo, se pone a espiar
asiduamente al sospechoso. Lo observa de día y de noche, en todo momento, y
concluye que se comporta como un verdadero ladrón de hachas. Se mueve con el
sigilo de un ladrón de hachas, come con el apetito de un ladrón de hachas,
duerme con la inconsciencia de un ladrón de hachas, y hasta sus más nimios
ademanes delatan al ladrón de hachas. Pero he ahí que una noche descubre su
hacha en los matorrales de su propio jardín. La había olvidado distraídamente
en ese lugar. Al día siguiente, a plena luz del día, el hijo del vecino sale de
su casa. Lo ve el granjero, pero, para su gran sorpresa, nota que todas las
marcas que acusaban al ladrón de hachas han desaparecido. De aquellos
acusadores estigmas no queda ni uno solo.
Este apólogo nos recuerda la
relatividad de la vista. Vemos las cosas del mundo, pero no tales como son,
sino a través de nuestros prejuicios, ideas preconcebidas, temores, deseos,
anhelos, ambiciones y recuerdos. Nosotros tenemos, en nuestra cultura, la
deliciosa letrilla que sentencia aquello de que "Todo es según el color/
Del cristal con que se mira". Pero ver es todavía más complejo que eso.
Nuestra visión no sólo adolece de variable color o cariz emocional, sino que
vemos a veces más, a veces menos, y a veces algo totalmente distinto de lo que
tenemos enfrente.
Así sucede con el cuerpo humano, y por
ende mi tarea se complica. El cuerpo humano, siendo entidad viviente, tiene una
estructura y funciones propias, ostenta cierta apariencia y está dotado de un
sexo. Además, interacciona con sus semejantes, y la interacción genera una enorme
multitud de imágenes y estados afectivos. Todo ello determina que la visión del
cuerpo sea siempre cambiante, pues los aspectos que se perciben, así como los
usos y tradiciones que la visión del cuerpo origina, varían con las
civilizaciones, las clases sociales, las épocas, y hasta con las sectas y
grupos pequeños o subculturas que existen dentro de
una sociedad. Total: hacer una historia del cuerpo humano es tarea casi
sobrehumana; hacerla completa, imposible. Yo aquí sólo intentaré aludir somerísimamente a algunos aspectos de esa calidoscópica,
mudable e inagotable historia.
Ya que hemos empezado con una anécdota
de origen chino, resulta instructivo contrastar la visión del cuerpo en el
Oriente con la occidental. Un intelectual japonés, Shigehisa
Kuriyama, en un libro publicado hace pocos años, se
sirve de dos tipos de estampas o dibujos para iluminar este contraste: por una
parte, las litografías que se hicieron en Europa para libros de medicina desde
el Renacimiento, y por otra parte, los diagramas que los médicos orientales han
venido usando desde tiempo inmemorial para identificar los sitios de la
acupuntura.
En la visión occidental, la piel se ha
desprendido y deja ver lo que hay detrás. Excelentes artistas representaron el
cuerpo así, tras la remoción de la piel y las capas superficiales. Son
personajes "despellejados", como se les llamó en España (en italiano scorticati, en francés écorchés
De hecho, la piel disecada se ilustra en la portada de uno de los libros de
texto renacentistas. Así expuesto, el cuerpo aparece como una compleja
maquinaria de bandas, de poleas, de resortes y palancas. Un refinamiento muy
peculiar de estas ilustraciones era que el cuerpo disecado se representaba en
posiciones usuales de la vida cotidiana. Son cuerpos que, al decir de un
crítico, "rehúsan representar el papel de cadáveres" y continúan
llevando a cabo sus tareas de todos los días, como si nada. Será tal vez un
cadáver despellejado, pero eso no impide que adopte poses elegantes.
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Se le ve recargado contra un árbol,
o leyendo un libro, o fumando una pipa. En una famosa ilustración de un libro
de anatomía del español Juan Valverde de Amusco, el
sujeto levanta con un brazo su propia piel, en la cual todavía se ven los
orificios de los ojos, la nariz y la boca, mientras que con la mano del lado
opuesto sostiene un instrumento punzocortante, el
cual ‑suponemos‑ acaba de usar para
despellejarse a sí mismo. Opinaba Roger
Caillois que la impresión que estas imágenes nos
producen, de sueño, de extravagancia onírica, de perturbadora absurdidad, se
debe precisamente a la yuxtaposición de un hecho brutal con una actitud de
todos los días: un crudo realismo en un contexto banal y consuetudinario. |
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Pero no se trata por ahora de hacer un
análisis estético. Lo que quiero es contrastar esta visión del cuerpo con la
propia del Lejano Oriente. Y lo que impresiona inmediatamente es la completa
ausencia de músculos en los diagramas orientales. No sólo la piel no se ha
quitado, sino que no se esbozan nunca las marcas de los planos subyacentes. En
cambio, los artistas occidentales, ya desde la antigüedad grecorromana, diseñan
un cuerpo masculino muscularizado: piénsese en las
esculturas griegas 0 romanas, los modelos propiamente "clásicos". No
así en los dibujos del cuerpo masculino oriental. Nunca figuran ahí los
músculos, ni siquiera en esbozo. Diríase que la
visión occidental se desarrolla de acuerdo con una lógica que avanza desde la
superficie hacia la profundidad, mientras que la visión oriental obedece a una
dialéctica contraria, la cual procede de la profundidad a la superficie.
La representación corporal occidental
es anatómica, puesto que explora o por lo menos sugiere la estructura interna.
La representación oriental enfoca la energía invisible que el cuerpo irradia en
su superficie. Cabe hacer notar que en esto los orientales no estuvieron en el
error. Hoy sabemos que el cuerpo genera energía electromagnética o de otra
clase. La tecnología moderna la detecta. Gracias a la electrocardiografía, la
electroencefalografía, la termografía, o la visualización de imágenes por
emisión de positrones, sabemos que el cuerpo genera energías de diversa
naturaleza.
Es imposible decir que los chinos
enfatizaron la superficie simplemente por ignorancia de la anatomía interna.
China es una civilización antiquísima. En ella existen antecedentes de casi
todo lo que hoy se hace. Hay una obra muy antigua, conocida generalmente como
el Canon Interno del Emperador Amarillo (Huangdí Nei Jing, sólo recientemente
traducido al inglés por Paul U. Unschuld,
University of California Press). En esta obra, el semilegendario
Emperador Amarillo, quien vivió nada menos que 2,697 años antes de Jesucristo,
conversa con su ministro Qi Bo
sobre las ventajas que la disección anatómica puede aportar a la enseñanza de
la medicina. Durante la conversación, Q¡_Bo compara cada uno de los conductos mayores del cuerpo a
los grandes ríos de China. Después, el tratado alude a las correspondencias que
hay entre las estrellas y algunas estructuras del cuerpo. El texto afirma que
no es coincidencia que las extremidades del cuerpo humano sean cuatro, y que
las estaciones del año también sean cuatro. Es decir, se parte de la premisa de
que el cuerpo es sólo la expresión o reflejo de otro gran misterio, un misterio
mayor, metaempírico y trascendente: reflejodeotra realidad, inasible pero plena, y más fuerte
que cualquier realidad de nuestro mundo. Podemos decir que ahí se hace
"anatomía cósmica", una ciencia para la cual disecar cuerpos muertos
no tiene ninguna relevancia.
He aquí, entonces, otra diferencia
entre la visión oriental y la occidental. La oriental ve más allá de la
realidad inmediata, y cree adivinar otra verdad trascendente pero
suprasensible. La occidental, en cambio, se queda en este cuerpo, y lo ve como
objeto en sí, lo estudia como parte de la realidad objetiva.
No se trata de una idiosincrasia
china. Todas las grandes civilizaciones de la antigüedad escrutaron el cuerpo
con una mirada diferente de la nuestra, la anatómica. Mesopotamia
es la verdadera cuna de la civilización, quince siglos antes de Grecia. Los
babilonios desarrollaron un sistema de escritura, escribieron códigos de
jurisprudencia y levantaron magníficos templos. Muchos de ustedes conocen, por
lo menos en fotografía, los magníficos relieves que adornaban las
construcciones de la antigua Babilonia. No se puede ver sin admirar la pasmosa
fidelidad con que aquellos artistas copiaron el salto de las gacelas o el vuelo
de las aves. A mi me impresionó sobremanera un relieve que muestra un león
herido durante la caza. Se le ve vomitar sangre, como correctamente observó y
fielmente copió el artista. En otro relieve puede verse una flecha hincada en
el espinazo de la fiera. Las dos patas posteriores aparecen estiradas, y se
arrastran por el suelo: fidedigna y magnífica interpretación de la parálisis
espástica que le ha causado la sección transversal de la médula espinal por
herida de flecha. Es una joya del arte realista.
Pues bien, estos soberbios artistas y
agudos observadores nunca representaron el interior del cuerpo de manera
convincente.
Consideren ustedes que los babilonios
practicaban la adivinación mediante la inspección del hígado. Hace pocos años,
visitando el famoso Museo Británico en Londres, vi
varias figurillas de barro en una vitrina. Según la indicación escrita, eran
modelos de hígados usados en ritos religiosos de la antigua Babilonia. La
verdad es que todas eran versiones burdas, imperfectas, casi infantiles: malas
copias de hígados. Queda claro que no les interesaba copiar el modelo con
exactitud.
¿Y qué diremos de los antiguos
mexicanos? Basta leer las traducciones al español de sus poemas, como las
excelentes versiones de León Portilla, para convencernos de la gran penetración
filosófica y altísimo sentido poético de aquel pueblo. Sus observaciones
astronómicas, sus impresionantes construcciones, atestiguan una vigorosa
inteligencia. Sin embargo, aparentemente nada dejó la civilización indígena que
revele interés por la anatomía como tal. Los aztecas practicaban, como es bien
sabido, el sacrificio humano. Abrieron el pecho de numerosas víctimas.
Ciertamente, en muchas ocasiones se asomaron al interior del tórax de aquellos
desventurados para extraerles el corazón. Pero no hay ninguna evidencia de que
a los sacrificadores les preocupara en lo más mínimo la estructura del
mediastino, o la relación de los grandes vasos del tórax, o la conformación
misma del corazón con sus ventrículos, sus aurículas, sus válvulas y demás.
Aquellos hombres, en aquellos tiempos,
miraban sin ver. Porque para ver bien hay que tener el deseo de ver. Existe un
trasfondo de afectividad, que es algo así como el subsuelo de la percepción, y
este caudal subterráneo de afecto guía las impresiones de los sentidos. Los
aztecas, igual que los babilonios, simplemente no querían ver. No querían ver
lo que vemos nosotros. Su entorno cultural les hacía querer ver otra cosa. Su
mirada caía por encima (o si se prefiere, por debajo, por delante o por detrás)
del objeto anatómico. No veían un corazón ‑órgano musculoso de
contracciones rítmicas involuntarias sino una ofrenda capaz de liberar tal
cantidad de energía que el orden del cosmos se alteraría si faltase. Sin la
ofrenda a la deidad, el Sol podría detener su curso en el firmamento. Así pues,
el corazón de la víctima de algún modo liberaba una inmensa energía, suficiente
para impeler al Sol a proseguir su curso en el cielo. Por eso ha escrito un
novelista, con extravagante imaginación literaria, que el sacrificio humano era
a los aztecas lo que la máquina del ciclotrón es a los físicos nucleares de
nuestra época: un dispositivo para la liberación instantánea de energía masiva.
¿Cómo, dónde, quién y por qué se
empezó a dirigir la mirada directamente al cuerpo humano? Estos interrogantes
han preocupado a generaciones de historiadores.
Hoy
parecen estar de acuerdo en que fue en Alejandría, en el Bajo Egipto, gran
centro intelectual de la cultura griega, a fines del siglo in antes de nuestra
era, cuando por primera vez se hicieron disecciones anatómicas propiamente
dichas, en animales y en humanos. En Alejandría se hicieron disecciones y
también vivisecciones. Aristóteles comentó en su obra De Partibus
Animalium (
Se dice también que se abrió el cuerpo
de seres humanos vivos con el mismo fin. Las víctimas eran delincuentes a
quienes se aplicaba la vivisección como castigo por sus delitos. Eran
entregados a la vivisección por orden del soberano egipcio. En esta forma se
legitimaba el horror. La magistratura otorgaba la posesión del cuerpo a los
vivisectores y así la práctica de desmembramiento y evisceración
tenía plena sanción legal.

Dos nombres se recuerdan de la escuela
anatómica de Alejandría: Herófilo y Erasistrato. Se les cita a veces como ilustres anatomistas,
y a veces como verdugos sanguinarios. Ambas evocaciones parecen igualmente
justificadas. De esa remota época data la estrecha relación que existió entre
el sistema de justicia y la disección anatómica. Una relación que iba a cobrar
gran importancia en épocas posteriores.
¿Por qué comenzaron a hacerse
disecciones? ¿Qué llevó a aquellos hombres a escudriñar el interior del cuerpo?
Prefiero dejar el difícil tema en manos de especialistas. Lo que conviene
resaltar es que si el cuerpo apenas empezó a ser objeto de conocimiento en
Por
otra parte, no cabe duda de que
Muchos días antes, carpinteros y
ebanistas habían trabajado asiduamente para producir un enorme falo, un gigantesco órgano sexual masculino labrado en
madera. Lo pintaban al encausto, y el día del desfile, a plena luz del sol, el
enorme pene, pulido y pintado, era arrastrado sobre un carro tirado por jóvenes
disfrazados de sátiros. El falo era tan grande y
pesado que el carro tenía que ser equilibrado con contrapesos de plomo. Venía
precedido por señoritas de las mejores familias, las ',canéforas" o
portadoras de las canastas sacrificiales, llenas de
manzanas, higos y vinos. Jalaban a la víctima, un chivo sacrificial.
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Heródoto
dice que esta costumbre se importó de Egipto, donde hubo también
celebraciones fálicas bajo los auspicios de Osiris,
aunque algunos ritos eran diferentes de los griegos. |
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Los celebrantes egipcios desfilaban
sosteniendo títeres cuya única parte móvil era precisamente el falo, el cual era tan largo como la mitad de la estatura
del títere. Una arqueóloga, Eva Kuehls, cita a un
autor antiguo, Kalixeinos de Rocas, testigo de una
procesión celebrada en Alejandría en 275 antes de Cristo. Reporta que se
exhibió un falo de madera de 18o pies de largo,
dorado. De haberse colocado en posición vertical, aquel órgano hubiera sido tan
alto como un edificio moderno de veinte pisos. Esta increíble pieza desfiló en
una ciudad que contaba con medio millón de habitantes, quienes con gran fervor entonaban
himnos a Dionisio al paso de aquella desmesurada erección.
En Delos, de
acuerdo a dos eruditos, Giulia Sissa
y Marcel Detienne, el falo
procesional tenía forma de pájaro. Es decir, parte del cuerpo, el cuello y la
cabeza del ave estaban suplantados por un enorme pene, el cual sin embargo
poseía alas. Se me ocurre pensar que el "gallito", conocido icono de
los graffiti mexicanos, en mistiempos ubicuo en los
baños públicos, tiene ‑después de todo‑
ascendencia en la antigüedad clásica.
Imagínese aquella procesión pagana.
Desfilan los representantes de las colonias helénicas, llevando cada uno un falo de barro; siguen chicos vestidos de pastores y
montados en avestruces; pasan también etíopes musculosos cargando colmillos de
elefante, luego las canéforas con guirlandas,
seguidas de las bacantes con sus tirsos. Vienen panteras y leopardos ‑los
animales simbólicos de Dionisio‑ y hombres
disfrazados de sátiros que ofrecen vino a los espectadores y los obligan a
beber. Y atrás, avanzando lentamente, una especie de gran cureña 0 carromato
portando el enorme falo, un carro alegórico como no
se les ocurrió ni a los modernos publicistas del Viagra.
I octo esto entre los himnos al dios y el bullicio de
la gente. Avanza lentamente la procesión, compuesta de una enorme muchedumbre,
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hacia el altar del templo de Dionisio. Más
tarde, después del sacrificio y un banquete, viene de regreso. Entonces la
creciente excitación producida por el vino y el fanatismo exacerbado hace a los
desfilantes cada vez más atrevidos, más procaces, más obscenos y agresivos en sus burlas y sus
bromas a los mirones.
¿Cómo
no iba a contrastar este hedonismo a ultranza, esta sexualidad desaforada, con
la época de desprecio del cuerpo que vino después? En efecto, el advenimiento
del cristianismo coincide con una era de desvalorización del cuerpo. Pero ello
no se debió sólo al cristianismo. Ya entre los griegos había surgido la idea de
que el cuerpo era algo desdeñable. Plotino, el máximo
exponente del neoplatonismo, se rehusaba a posar para un retrato, porque decía
estar avergonzado de tener un cuerpo, y no veía la razón de inmortalizar esa
vergüenza degradante. De Porfirio se dice lo mismo. El cuerpo, pensaba, no es
más que una sombra o reflejo de una realidad perfecta que existe en otro mundo,
el mundo del Ideal. Hacerse un retrato es ridículo, pues valdría tanto como
querer perpetuar una copia de una mala copia.
Antes del cristianismo, y aun entre
pueblos de temperamento completamente opuesto a toda noción de ascetismo, como
los romanos, habían surgido corrientes de pensamiento que minusvaloraban el
cuerpo. El ideal de los pensadores de la escuela cínica era cortar todo vínculo
doméstico y dedicarse a la vida contemplativa. Para muchos filósofos, el cuerpo
era algo menospreciable, corruptible, transitorio, un peso muerto para el alma,
una prisión para el espíritu. Corrientes marginales de
Así pues, el terreno ya estaba
sembrado para la explosión de ascetismo que surgió en
No se trata sólo de
un arranque retórico. Las extravagancias de muchos de aquellos ermitaños y cenobitas medievales han sido tema de numerosos escritos.
San Jerónimo describe a un monje que por décadas se alimentaba exclusivamente
de mendrugos de pan de cebada y de agua cenagosa. San Hilarión se cortaba el
pelo sólo los domingos de Pascua, nunca lavaba su tosca túnica, hasta que se le
caía a pedazos, y llegó a quedarse casi ciego por desnutrición. La
mortificación ideada por San Besarión consistía en
nunca acostarse: jamás se le vio reclinarse sobre cama, camastro, hamaca o
tapete alguno, y para dormir aprendió una posición harto incómoda recargándose
sobre una pared. De San Macario de Alejandría se cuenta que soportó una semana
sin acostarse ni comer nada más que hierbas sin cocinar. Algunos ermitaños se
encerraban en guaridas que habían sido de fieras salvajes; otros hubo que se
acomodaron a vivir entre tumbas, en los cementerios. Santa Eufrasia ingresó a
un convento donde las monjas jamás se lavaban el cuerpo, y a quienes la sola
mención de un baño las hacía temblar," según Lecky.
Ese caso no era excepcional. Tal era el desprecio del cuerpo, que sólo
limpiarlo equivalía a mancillar el alma. Santos hubo que se preciaban de no
haber visto su propio cuerpo en más de treinta años.
Lo primero que se nos ocurre es pensar
que en esas narrativas hay mucho de fantasía y de imaginación del narrador.
Pero aún descontando la exageración, queda un fuerte sabor del desprecio del
cuerpo que manifestó el movimiento ascético de los primeros siglos de nuestra
era. Egipto fue el foco del monasticismo feroz; los
monjes egipcios se hicieron legendarios por sus penitencias. Parecidas
prácticas de ascetismo fueron introducidas en Italia por San Zenón y San
Atanasio. Las historias de los santos anacoretas, aunque faltas de rigurosa
autenticidad, tienen valor histórico en cuanto nos comunican la manera de
pensar de los hombres de aquel entonces, sus creencias, y los modelos que
proponían como ideales a seguir.
Una de las historias más alucinantes,
y sin duda entre las más fantásticas, es la de San Simeón el Estilita, nacido
en Siria en el año 390 Y muerto en 459. Su historia fue aprovechada por el
director de cine Luis Buñuel
en una de las películas que hizo en México. De San Simeón se dice que se
mortificaba apretándose una cuerda rasposa alrededor de una pierna. La piel se
ulceró y se infectó. Despedía un hedor insoportable. Por falta de higiene, la
herida fue colonizada por larvas o gusanos, que caían y llenaban su cama. Se
cuenta que tomaba los gusanos que se desprendían, uno a uno, y los volvía a
colocar sobre su propia carne, diciéndoles: Torne, come lo que Dios te
dio". Es fama que mandó construir una columna o pilar de más de quince
metros. Se encaramó a la cima de esa columna y vivió ahí, casi sin poder
moverse, y expuesto a todas las inclemencias del tiempo, durante años. Ahí mismo
se mortificaba, por ejemplo sosteniéndose con una sola pierna por casi todo el
día, o haciendo constantes genuflexiones. Cuando murió, altos prelados de
Sin embargo, no es cierto que
Llega así el Renacimiento, y la visión
del cuerpo humano se hace objetiva y científica. Es la visión que todavía
impera en nuestra época. La disección de cadáveres se generalizó en las
universidades, y el estudio de la anatomía se hizo una disciplina científica,
basada en la observación directa del cadáver. En las famosas universidades
italianas, como Padua y Bolonia, se disecaban los
cadáveres no identificados, como los de extranjeros de procedencia desconocida,
o criminales ajusticiados, o pordioseros sin domicilio Fijo. Siempre ha sido
así en el curso de la historia. Los pobres, los destituidos y los marginados de
la sociedad son quienes tradicionalmente han corrido el mayor riesgo de
terminar en la mesa de disecciones.
Ya bien entrado el siglo XVII, se
inventaron técnicas que permitían conservar las piezas anatómicas. Se puede
decir que, para su época, fue un avance revolucionario. La admiración que los
resultados causaron entre el público se compara con la que hoy suscitan las
operaciones de trasplante de órganos, o las proezas de los cirujanos en el
corazón o el cerebro. Uno de los pioneros de aquellos procedimientos fue el
anatomista holandés Friederich Ruysch,
quien demostraba su saber en un instituto anatómico de Amsterdam
Sus técnicas le permitieron hacer algunos descubrimientos, por ejemplo la
existencia de válvulas en los vasos linfáticos. Pero lo que lo hizo
verdaderamente famoso fue su habilidad y destreza como embalsamador. En virtud
de la minuciosa inyección de ciertos colorantes y fijadores de su invención,
los cadáveres y piezas anatómicas que Ruysch
preparaba obtenían el color, la tensión tisular y el aspecto exterior de los seres
vivos.

Ruysch
transformó su casa en un pequeño museo donde exhibía sus piezas anatómicas y
sus cadáveres, sobre todo de fetos y niños.
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En un cuarto junto a la sala tenía hasta 25 especímenes embalsamados. Pero lo extraordinario era la
forma como los mostraba. No estaban ordenados por edad, ni por tamaño, ni por
sitio anatómico. Ruysch no seguía ninguno de los
sistemas de clasificación, más o menos monótonos, que son habituales en las
colecciones de museo.

Disponía
sus cadáveres en posiciones dramáticas, como si fueran actores en la escena. Un
cadáver parecía tocar el violín, hecho éste también de tejidos humanos. Un
esqueleto adoptaba una posición llorosa y parecía estar secándose las lágrimas
con un pañuelo, el cual en realidad era un pedazo de membrana peritoneal. Otro
descansaba en un paisaje surrealista, en el cual los árboles eran tráqueas con
bronquios disecados y colocados en posición invertida, de modo que las
ramificaciones bronquiales hicieran las veces de ramaje, mientras que las
piedras sobre el suelo eran figuradas por vesículas y cálculos biliares.
No le bastaba a Ruysch
mostrar un brazo infantil dentro de un frasco de Fijador. tenía que adornarlo
con un brazalete o cubrirlo con una manga de delicada batista orlada de encaje,
y además disponerlo en alguna postura sugestiva.
Las cabezas de feto las cubría con bonetes muy
a la moda de los bebés de entonces. Igual con todas sus piezas: los esqueletos
en posiciones sugestivas, y las extremidades amputadas ataviadas con tul,
encaje y pedrerías. Las muestras tenían un fin moralizador. Un esqueleto
portaba un reloj de arena con la inscripción latina HOMO bulla, el hombre es
una burbuja". Otras piezas del museo aludían a la transitoriedad de la
vida, a lo ridículo de la vanidad humana, y recordaban al público, con la
apremiante inmediatez del cadáver, que nuestro fin está siempre cercano.
Así pues el cuerpo humano o sus partes
se convirtieron en pretexto para un mensaje de sobriedad y moralidad militante.
En esta época floreció también el arte
de la estatuaria anatómica. Se usaron diversos medios, pero con estatuas de
cera se logró un realismo sorprendente. Todos los que hemos ido a un museo de
cera sabemos que las estatuas de ese material permiten efectos de un realismo
portentoso.
A nosotros, las exhibiciones de
cadáveres y piezas anatómicas al estilo de Ruysch
pueden parecernos de mal gusto, o inapropiadas, irreverentes, morbosas y hasta
grotescas. No así a los contemporáneos de Ruysch.
Destacados intelectuales de su época se deshacían en elogios. Uno de ellos dijo
que nada igual se había visto desde que los egipcios embalsamaron sus
cadáveres, "pero mientras que las momias egipcias ofrecían una visión de
la muerte, las de Ruysch sugerían una continuación de
la vida". Pedro, llamado el Grande, zar de Rusia y después proclamado
emperador, uno de los reformadores y gobernantes más notables de la historia
del mundo, llegó un día como visitante a la casa‑museo
de Ruysch. Quedó encantado. Se dice que fue tan
deleitosa su impresión al ver la momia de un niño, que se inclinó hasta darle
un beso en la mejilla. Años después, se presentó nuevamente y ofreció comprar
la colección completa, incluyendo las fórmulas de las preparaciones, por un
precio altísimo, casi inconcebible para aquellos tiempos. Era una oferta que Ruysch no pudo rehusar. Los especímenes
fueron transportados a Rusia, a San Petersburgo, donde después de dos guerras
mundiales todavía quedan unos cuantos.
Conviene recordar aquí que la
tendencia a mostrar el espectáculo del cuerpo disecado sigue siempre vigente.
En nuestros días, un anatomista alemán, de nombre Gunther
von Hagens, ha inventado
una técnica de infiltración de tejidos con un plástico, es decir un compuesto
químico polímero. La "plastinización" es
prácticamente eterna, porque los polímeros duran miles de años sin desgastarse
o destruirse. (Quien los desplastinizare, buen desplastinizador será.) Ha montado una exhibición de 25
cadáveres humanos y casi doscientas piezas anatómicas tratadas por esta técnica,
y su museo ha causado revuelo en Europa. Las piezas se han visto ya en Japón,
Suiza y Bélgica, y están actualmente en Inglaterra. No se trata de esculturas.
Son verdaderos cadáveres de seres humanos los que ahí se exponen, para horror
de muchos eclesiásticos y shock de gran parte del
público. Millones de gentes han visto este "show". Hay un cadáver en
posición de jugar ajedrez, con el cráneo abierto para mostrar el cerebro y con
una pieza de ajedrez en la mano. Es como si el público se asomara al encéfalo
que piensa la jugada que nunca se ejecutará. Otro espécimen famoso es el de un
jinete. Va a horcajadas sobre un caballo. En una mano lleva un fuete, y en la
otra su propio cerebro, y tanto el jinete como su montura están despellejados,
para mostrar la musculatura subyacente. Otro lleva en un brazo su propia piel,
exactamente como lo concibió el ilustrador renacentista del libro de Juan de
Valverde de Amusco. Más impresionante todavía es el
cadáver de una mujer embarazada cuyo vientre está abierto para exponer el útero
con el feto que contiene en su interior.
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La intención ya no es moralizante,
como lo era para Ruysch, sino didáctica. El público
dice salir mejor ilustrado, con mayor comprensión del propio cuerpo. Por lo
menos eso dicen los visitantes que firman el libro del registro, entre los
cuales figuran
muchos
personajes mundialmente famosos de la farándula, los deportes y el cine. ¿Y de
dónde saca el plastinizador los cadáveres que plastiniza? Según dice, cada vez que expone sus especímenes le llueven miles de solicitudes de personas que
quisieran donar su cuerpo para ser plastinizadas. Es
una forma de inmortalidad, dicen los aspirantes a donador de cuerpo. Y agregan
que la encuentran preferible a la cremación, o a la putrefacción subterránea
con devoramiento por gusanos.
Tales son algunas de las formas de ver
el cuerpo en la historia. Conviene terminar con un breve comentario sobre una
visión actual. Es, como corresponde a nuestra sociedad de consumo, una visión
comercial. La encontré por vez primera hace muchos años, cuando era médico
residente del servicio de patología de un hospital americano. Hacíamos
autopsias, y al terminar entregábamos la glándula pituitaria a un mensajero de
una compañía farmacéutica que pasaba a recogerla. En la mayor parte de los
casos, la glándula no mostraba ninguna alteración patológica.
La industria farmacéutica usaba las
glándulas de muchos cadáveres humanos para extraer la hormona de crecimiento,
que después comercializaba. Preparaciones inyectables de dicha hormona se
recetaban a niños con retraso del crecimiento; a veces sin verdadera
indicación, simplemente porque a la familia le preocupaba la baja estatura del
retoño. Gran negocio. Los hospitales, creo yo, no cobraban, o cobraban una
cuota nominal, y la hormona se vendía a los precios que la industria de los
fármacos acostumbra, es decir carísima.
El asunto terminó mal. Muchas
glándulas llevaban el agente causal de la enfermedad de Jakob‑CretitzfÍeld,
terrible padecimiento que produce demencia y degeneración cerebral total. Como
es bien sabido, la enfermedad puede tardar mucho tiempo en manifestarse, hasta
veinte años o más después del comienzo de la infección.
La extracción de hormona de crecimiento a
partir de glándulas de cadáver quedó terminantemente prohibida por la ley.
Su producción se hace hoy por otros
medios, pero para entonces había ya docenas, y tal vez centenares de pacientes
que sucumbieron a la enfermedad de en medio de indecibles sufrimientos. Los
familiares de los niños afectados
entablaron
juicio contra la industria farmacéutica, alegando que se sabía del peligro pero
no se les informó. Es una historia trágica, sobre todo si se reflexiona que
muchos de los niños que recibieron la hormona no la necesitaban realmente: no
se trataba de casos de serio enanismo patológico, sino simplemente de chicos de
baja estatura, lo cual los convertía en el blanco de las burlas de sus
compañeros.
De entonces acá ha llovido mucho. Pero
es el caso que el cuerpo se convierte cada vez más en objeto comercial. Se
venden y se compran células, secreciones, tejidos y órganos. A medida que
avanza la biotecnología, se multiplican las posibilidades de compraventa. Y,
como se estila en la sociedad capitalista, existen hasta bancos que atesoran y
administran la riqueza. Por ejemplo, hay bancos de esperma. En los Estados
Unidos, los donadores ganan entre cincuenta y cien dólares por
"entrega", y se les permite hacer hasta tres entregas por semana. Las
mujeres venden sus células reproductoras, los ovocitos, y cobran unos cinco mil
dólares por cosecha, ya que la recolección de esas células es más problemática.
Hay bellas modelos que anuncian la venta de sus ovocitos hasta por cincuenta
mil dólares. Una pareja de millonarios con problemas de infertilidad prometía
pagar hasta 150 mil dólares por los ovocitos de una mujer que respondiera a sus
detalladas especificaciones: la querían alta, ojos azul y con educación
universitaria, entre otras cosas. Como es bien sabido, hay bancos de sangre
donde se extraen ciertos productos del plasma. La venta de los mismos es muy
redituable. No hace mucho, un barril de petróleo refinado se cotizaba en el
mercado a cuarenta dólares, y se decía que el mismo volumen de ciertos
productos sanguíneos costaría en el mercado no menos de 67 mil. Hoy tal vez la
cifra llegue a los cien mil.
Cuando
digo que se vende todo, no exagero: quiero decir todo. La placenta, para
productos de belleza; los huesos para coleccionistas y compañías de
abastecimientos médicos; el cordón umbilical a compañías que extraen de él
células primitivas. Una compañía inglesa, llamada Kiotech,
comercializa el sudor. Supuestamente, el sudor tiene feromonas, substancias que
dicen que tienen la propiedad ‑siempre codiciada y cotizadísima‑
de atraer al sexo opuesto. (El fenómeno biológico es espectacularmente eficaz
en los insectos, pero en el ser humano dista mucho de estar confirmado.) La
compañía produce toallitas empapadas en feromonas extraídas de sudor humano, y
las venden con el sugestivo nombre de X‑cite.
Literalmente hacen fortuna con el sudor de nuestras frentes. Alguien hace
dinero, invariablemente, con el cuerpo y sus partes, aunque no siempre sea la
persona cuyo cuerpo genera el capital. Y se oyen historias cada vez más
tenebrosas de un mercado negro, de traficantes de órganos, o de víctimas que
son secuestradas e inmoladas con el fin de vender partes de sus cuerpos.
La
comercialización del cuerpo humano es un fenómeno sin precedentes. Plantea
problemas éticos y filosóficos que cuestionan los valores más fundamentales de
nuestra existencia. Nos obliga a interrogarnos qué significa ser un ser humano,
y hace surgir en nuestra mente un sinfín de ideas cuya glosa no podemos
intentar aquí.
Quiero terminar recapitulando las
visiones del cuerpo que hemos apenas vislumbrado, un poco al desgaire. El
cuerpo inefable e invisible, reflejo de una potencia divina e increada, según
el concepto de civilizaciones antiguas. El cuerpo como sombra de un arquetipo
ideal en la filosofía platónica, o como objeto de emoción estética entre los
artistas griegos. El cuerpo despreciable, como fuente de pecado y bajeza, entre
los místicos medievales. El cuerpo objeto de conocimiento científico, a partir
del Renacimiento. El cuerpo como mensaje moralizador desde
Francisco
González Crussí
para LETRAS LIBRES