Francisco
Umbral (1936 - septiembre 2007)
De "mortal y rosa" (mayo 1975)
_archivos/image003.jpg)
- elogio de la piel blanca -
Esa majadería de que a cierta edad todo hombre o mujer es responsable de su rostro. Yo no estoy descontento de mi rostro. Lo que antes no me gustaba de él, ya lo he asumido y se ha prestigiado por su propia permanencia. Los rasgos físicos se sacralizan por la repetición. Una nariz deforme, característica de una familia, va pasando de padres a hijos, cruza como un pequeño esquife los mares de la herencia, y ya no es fea ni bonita. Es sacral, porque su propia repetición, su manera mágica de reencarnar la ha salvado de la vulgaridad, la ha ritualizado a los ojos de la familia y de los habitantes.
Lo que persiste se perfecciona.
Los años dan nobleza, sin duda.
Todo joven es un parvenu de la fisiología. Esto no es una manera de consolarse. No hay nada como la juventud. La juventud es una divina vulgaridad. Los años estilizan, aristocratizan, dignifican un poco, y llegan incluso a individualizarnos. Pero preferíamos la democracia gloriosa de la juventud a estas distinciones y medallas de edad que nos pone la vida. En una mujer joven se ama y se busca el tiempo, el poco tiempo, el milagro de la edad, algo general y anónimo, se busca el esplendor de la especie. No es posible encontrar a la mujer bajo el brillo de sus pocos años. Luego el brillo decae y aparece una señora, un ser humano, una vida. Pero eso ya nos interesa menos a los grandes egoístas líricos. No por mero azacaneo sexual, sino porque uno cree más en la lírica que en la pirología, prefiere deslumbrarse a comprender, en amor. La mujer hecha es un abismo humano al que no nos apetece arrojarnos. La ninfa es un remolino de luz y carne. No sé lo que las mujeres pensarán de esta cara, de mi cara. En todo caso, la mujer, más civilizada en el amor, menos lírica, prefiere leer un rostro, prefiere un rostro legible – como lo es ya el mío a esta edad.
… … …
Blanco, digo, blanco de leche, de lirio, de blancura incurable. Ahora la gente blanca se pone al sol para teñirse. Mal hecho. Eso da cáncer. El bronceado es un vestido, un disfraz. Una mujer/hombre muy blanca está más desnuda. El pigmento, natural o adquirido, viste, reviste. La carne es ya como el alma, la carne blanca.
Lo que he puesto en la alcobas del amor ha sido una sombra pálida, y lo que más siento, de mi muerte es que se me irá la blancura, se disipará este conglomerado de nada, perderá densidad esta ausencia de color, verde-amarilla en la cara y lechal en el cuerpo. Las mujeres se decepcionan de tanta blancura, al principio, porque todavía funciona el mito del macho moreno, pero luego se acostumbran y aman lo blanco, pues lo blanco captura más que lo oscuro, es más íntimo y cansa menos. La morenez estraga.
La rubia es menos pecado, dijo alguien. Lo rubio es menos pecado. Y lo blanco ya no es pecado absoluto. Los seres blancos nos conservamos virginales y liliales después de todas las aberraciones. No hay quien pueda con lo blanco. La mujer oscura siempre es más pecadora, está como teñida de pecado original. La mujer blanca es siempre el cristal que atraviesa el rayo de luz sin romperlo ni mancharlo. ¿Es esto que digo un racismo de los colores?
Qué difícil no caer en alguna clase de racismo.
Me salvo por el vello, pesa a todo. Sin vello
sería insoportable, digo yo. La mujer
quiere un poco de selva. La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros.
La carne es el último paraíso perdido e imposible. Tiene que haber naturaleza
en el cuerpo, boscosidad, porque el sexo
es, ante todo, es una recuperación
de los orígenes, y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y
artificio han borrado de sí la selva. Ya
no son nada.
La
selva, para el cuerpo, es otro cuerpo. Lo que nos queda de bosquimanos es lo
que nos queda de futuro. Me da
pena, digo, pensar que se perderá esta blancura, se diluirá en el aire de mi
muerte, como un humo muy blanco, y nada más.
No me duele perder los brazos, las piernas, la vida, el corazón, el
sexo, la pituitaria. Me duele perder lo
blanco, dejar de ser blanco al dejar de ser yo.
Me duele más la
muerte de mi blancura que mi propia muerte.