Laberintos existenciales.
(a propósito de los cuarenta y tantos)

Si no sé cuándo moriré…
¿Por qué insisten en que estoy en la mitad de mi Vida?
Yo nunca hubiese interpretado todo lo que vengo sintiendo últimamente como
“crisis de la mediana edad” si no fuese porque mis amigos -en conjunto-
llegaron a esa conclusión y me convencieron que esto era un mal general,
casi una epidemia.
¿Tú también sientes que has llegado hasta los cuarenta y tantos y todavía no sabes lo que quieres en la vida? ¿Alguna vez pensaste que volverías a sentir el desconcierto y la angustia de tus dieciocho años? ¿No te pasa que despiertas por la mañana con ganas de esconder la cabeza bajo las sábanas para no enfrentar el día? Y así, una serie de preguntas que se han vuelto monotemáticas en la conversación de mis amigos cuarentones. Un número significativo de parejas -sobre todo los que se unieron muy jóvenes- ha abandonado el hogar para “buscar su camino”.

Resulta que un buen día despertaron sintiendo que la vida en pareja los “asfixiaba” y que aún eran demasiado jóvenes para perderse de las emociones que la vida todavía les ofrecía. Trataron de comunicarle la noticia a su pareja de la forma más suave posible y zarparon en busca de su nueva libertad, la que no siempre encontraron.

Otros, sintieron un impulso repentino por cambiar de trabajo, de profesión o hasta de pasatiempo. Renunciaron al trabajo, se metieron a la universidad para seguir otra carrera o cambiaron el fútbol por el golf... Todo con tal de sentir que ellos llevaban las riendas de su vida.
Sucede que un buen día, descubrimos que nuestra pareja “no es lo que era”, se queja de dolor de huesos e insiste en preguntarnos si aún nos parece atractiva. En esta nueva etapa de la vida, algunos tenemos hijos adolescentes y/o enfrentamos la avanzada vejez o la muerte de nuestros padres.
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Las mujeres, nos acercamos a la menopausia con todas las implicancias fisiológicas y sicológicas que acarrea este nuevo ciclo. Y así, una serie de factores agravantes se suma para complicar aún más el panorama. No suena nada “fácil”, ¿verdad? Pues no lo es. Pero tampoco tiene que ser una etapa desgraciada y angustiante.
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Tener cuarenta y tantos años, significa que uno fue joven por bastante tiempo pero aún lo es.
Es decir que -a diferencia de los adolescentes de dieciocho años- gozamos de una “juventud madura” que nos permite utilizar todos nuestros recursos con mayor confianza que la que tuvimos entonces. Las dudas existenciales que sufrimos se deben más al hecho de dudar de las elecciones que tomamos veinte años atrás, que al de no saber qué elegir. Mal o bien, todos hemos logrado algo en la vida, por lo que no enfrentamos el mismo vacío que conocimos en nuestra juventud temprana.
La angustia puede sobrevenir cuando revisamos lo que hemos hecho en la vida y lo comparamos con los planes o expectativas que concibió aquel corazón adolescente que aún vive en nosotros. Ahí surge la típica pregunta del cuarentón en crisis: ¿Pero qué diablos he hecho de mi vida? Yo siempre critiqué a mis padres y me he convertido en casi una réplica de ellos...”.
El grado de decepción que sentimos por no haber logrado las “metas” que nos propusimos o por haber deshecho las que sí llegamos a alcanzar, puede generar mucha ansiedad.
Por otro lado, los cuarentones ya hemos vivido lo suficiente para saber que la vida es un sube-baja y que siempre habrá mejores momentos. En todos estos años nos hemos hecho de amigos entrañables que nos han demostrado su amor incondicional a la vez que sus propias necesidades. Así como logramos superar esa primera adolescencia de la que pocos creímos poder salir airosos, enfrentémonos todos juntos a la angustia que parece detenernos en esta “segunda vuelta”. Hagamos uso de toda nuestra fuerza para seguir luchando por lo que creímos -y ojala sigamos creyendo- justo y en contra de la mediocridad a la que podamos habernos acostumbrado a aceptar por apatía o desinterés. Apostemos por el amor, que, bajo cualquiera de sus denominaciones, hace posible recuperar la ilusión y la cura de todos los males. No reneguemos de nuestros ideales ni de las fantasías de nuestra adolescencia temprana. Si renunciáramos a nuestros sueños juveniles nos convertiríamos, indefectiblemente, en cuarentones de porquería...
La autoría de este texto corresponde Ana Maria Trelancia, bióloga y escritora peruana.


Pasada se halla la mitad de mi vida.
El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran
y resuenan con encanto marchito en mis oídos,
mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;
sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado.
Como el labrador que al ver su trabajo perdido
vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia,
también quiero esperar en esta hora confusa
unas lágrimas divinas que aviven mi cosecha.
Luís CERNUDA.

UN HOMBRE MADURO
Vicencio Ananìa
A juzgar por mi propensión
a encajar la cabeza en los hombros
y por la indecisión con que afronto
el paso de peatones, soy un hombre maduro.
En los puestos del anticuario
desde hace tiempo es fácil encontrar
el compás que usaba en el colegio
las postales enviadas desde el mar.
Marx ha muerto viva el capital.
Tengo el ordenador, el fax, el móvil
soy un fan de las guerras humanitarias
entre el bien y el mal no sé distinguir,
en memoria de mis viajes atrevidos
navego incansable de web en web,
pero no hay vela que no llegue al Hades
y soy maduro y ya entreveo la nada:
dadme un salvavidas, una fe cualquiera.
* en la mitología griega, dios de los muertos

Ex, ex , ex, ex, ex, ex. por Ángela Becerra.
La inteligencia y la conveniencia, que en ocasiones coinciden, aconsejan que lo que se volverá a usar siempre es bueno dejarlo ordenado y aseado.
Por eso el vivir, que es lo único que no paramos de repetir, a medida que transcurre es conveniente irlo ordenando y aseando.
No resulta fácil; el bramido de la modernidad y la competitividad imponen viseras a todo cuanto no sea mirar adelante: lo no rentable es desechable. Y así vamos renunciando a revisar nuestro pasado, mientras ocasionalmente y con suerte nos dedicamos a admirar lo que otros nos dejaron en museos,
construcciones, películas, exhibiciones y otras mil auroras boreales del saber.
Todos hemos sido ex bebés, ex niños, ex colegiales. Algunos, ex enamorados, ex casados, ex amantes. Bastantes, ex afortunados, ex fracasados, ex aficionados, ex pretenciosos, ex viciosos. En cada ex hay una parte de vida que nos marcó nos hizo o nos deshizo; hay un patrimonio irrepetible e intransferible que, para bien y para mal, es esencia, raíz, combustible y vapor de nuestra existencia.
Es bueno restarle un ápice de tiempo al futuro Para ordenar y asear el pasado: cinco minutos al día son más que suficientes. No es disolverse en aquellas fotos, objetos, escenarios o esos escritos tan personales. Es la conciencia de airear y limpiar diariamente lo vivido para reconocer y reconstruir lo mejor y conservarlo, porque vivir es lo único que siempre vamos a repetir.